Los futurólogos no se ponen de acuerdo acerca de las tendencias que prevalecerán en el futuro. Algunos esperan un gran resquebrajamiento de todo y la caída en el oscurantismo y el desorden, como si no hubiera suficiente. Otros, un control de los individuos como no había visto la historia, con consecuencias desastrosas de empobrecimiento espiritual, un mundo de esclavos cebados, sin contradicciones antihigiénicas. Y existen los profetas lunáticos de la felicidad y la paz bajo un cielo plagado de ovnis, una especie de edén del electrodoméstico y el mantram. Yo solo sé que los futurólogos tienen dos cosas en común: que casi siempre se equivocan. Y que cuando aciertan se quedan siempre cortos.
Solo los vates y los iluminados logran intuir los brillos del futuro de algún modo y lo recomiendan con signos como una advertencia. Rimbaud, por ejemplo, y Nietzsche, cuya muerte inauguró ese siglo de lágrimas y glorias, hicieron un diagnóstico acertado de sus descendientes, es decir, nosotros, quiero decir, esto, al anunciar el tiempo de los asesinos, el de los grandes destructores, el de la muerte de Dios, esta tierra sin evangelio, de impiedades y gulas y horrores y vacíos.
Teodoro Kaczynsky, llamado Unabomber , cuyo juicio acaba de iniciarse en Sacramento (California), es más que un loco ante los mismos tribunales que juzgaron al poeta Ezra Pound por su denuncia de otra lepra de nuestro tiempo: la usura. Más que un terrorista excéntrico, uno de esos bandidos inteligentes, solitarios, escurridizos y pintorescos que a veces producen nuestras ciudades, sería también un profeta, un profeta cuya visión pesimista y peligrosa deberíamos tener en cuenta.
Es extraño cómo se parecen Pound y Kaczynsky. Aunque Pound era un cisne que cantaba la muerte de la poesía y Kaczynsky es un tecnócrata. Frío. Preciso. Dueño de un odio perfecto. Y es simbólico que ese matemático convertido en anacoreta esté siendo juzgado en la hermosa California. Y en Sacramento. Tal vez su juicio es un sacramento de algún modo. El sacrificio de un cordero negro en aras de un futuro negro. De un chivo expiatorio. Como fue Pound.
Muchos piensan, como su hermano, que está loco. Y es probable que para minimizarlo eso digan los jueces. Como dijeron de Pound, porque se había atrevido a afirmar que todo hombre tiene derecho a nacer libre de deudas y a negarse a participar en una guerra injusta y que el secreto de muchas miserias modernas está en los bancos. La defensa alega que padece depresiones profundas y esquizofrenia paranoica. El se defiende, a riesgo de ser condenado a muerte, diciendo que no tiene problemas mentales. Quién sabe. A veces hay una gran lucidez en los locos, de todos modos.
El horror de Kaczynsky es la tecnología, el amontonamiento, el hombre atrapado en el microcircuito. Con su gesto nos quiere decir que así como la bomba de hidrógeno fue el juguete técnico del pasado, la espada de Damocles del porvenir es la informática, la cosificación, la concentración abusiva del conocimiento en manos de una casta, de una iglesia impía de plutócratas. Quién puede decir que su pánico no es razonable en un orden unipolar?
No importa qué tan loco estuvo Pound, aterrado, explotando poemas en las revistas literarias de su tiempo contra la opacidad de la multitud de los repetidores de tópicos. O qué tan reprobable nos parezca la forma de expresión epistolar de Kaczynsky, a bombazos en cartas sorpresa. En los dos late un terror auténtico. Los dos expresan el terror ante el penúltimo peligro del hombre masa, atomizado, convertido en un útil ciego y sordo, que a veces tiene vacaciones, en un apéndice sin pensamiento de la organización. Artaud y Rimbaud, otros enfermos, tuvieron el mismo horror del sin sentido. Y hoy los veneramos como parte del patrimonio espiritual de la especie.
A pesar de sus títulos universitarios y de las cargas mortales que esparció por los Estados Unidos durante 17 años, Kaczynsky tiene un toque de santo medieval, de héroe en su renuncia inquietante. Y todos coinciden en afirmar su genio, no solo porque engañó a la policía más implacable del planeta durante 18 años: graduado en Harvard y Michigan, que suelen producir ciudadanos sensatos, acomodados a sueldo, enseñó matemáticas en Berkeley. Tal vez valga la pena contar con su locura.
No importa si exagera el control de una supuesta organización omnipotente sobre las almas, contra la cual solo queda desesperar.
Este filósofo nihilista que un día abandonó una brillante carrera, como se dice, igual que un santo antiguo, para hacerse ermitaño en una cabaña sin agua ni luz, isla de austeridad en medio de una sociedad embotada de comodidades, donde escribía un diario hermético y fabricaba sus totes hasta que fue sorprendido por la policía, con su resistencia nos advierte sobre los peligros ciertos de la tecnología y la industrialización desenfrenada, que priva, dice, a la gente de su dignidad. Y merece ser oído. Esté loco o cuerdo. Después, que lo ahorquen en las horcas de Calvino, si eso quieren. Pound dijo a sus jueces: los locos son ustedes. Hay que estar loco para vivir en los Estados Unidos.
Y en último caso, todos no somos la caricatura de algún sueño? Kaczynsky no será un producto norteamericano? Como si dijéramos, el extremista del individualismo en una sociedad manipulada? Mientras se descubre, yo le extiendo con temor y respeto la flor de cinco pétalos de mi mano.


