Raquel Escobar

Despedida

Mi padre fue un hombre de carácter sencillo, con muy poco afán de protagonismo. A pesar de ser un gran intelectual, su naturaleza era más bien solitaria, incluso tímida. A lo largo de su vida, se dedicó a la escritura con disciplina y compromiso, lo que marcó todos sus días. De hecho, al final, a pesar de que su salud ya no se lo permitía, continuaba escribiendo. Recuerdo que, desde la clínica, me pidió que le ayudara a mecanografiar una entrevista para El Tiempo, o a su última columna, cuando ya apenas podía escribir.

Tras su partida, su voz resurgió con fuerza en la prensa y medios de comunicación de Colombia, y en algunos internacionales. Desde publicaciones impresas y digitales hasta la radio, la televisión y las redes, su legado fue reconocido en grandes medios nacionales y en publicaciones independientes, sin distinción de ideología. Su visión amplia y rica y su prosa exquisita eran respetadas por muchos. Más allá de sus opiniones políticas, sus escritos regalaban la mirada de un hombre culto, con una capacidad de análisis minuciosa, un humor ácido y una curiosidad infinita.

Fueron muchos los homenajes. Aquí comparto algunos de los recuerdos y tributos que, a mi juicio, reflejan mejor la persona que fue mi padre. Estas palabras, llenas de respeto y admiración, nos acercan un poco más a la figura de Eduardo Escobar, como escritor y como ser humano.

Radio y Televisión

Cobertura y homenajes en los medios audiovisuales

Hoy por Hoy 09:00

En 6AM, Pascual Gaviria y Daniel Samper Ospina, hablaron del legado de Eduardo Escobar.

Universocentro 05:54

Apartes de una conversación con Eduardo Escobar (1943-2024) durante una visita al «antro», la redacción en el Guanábano en 2018.

Pascual Gaviria 6:45

Eduardo Escobar, a través de la mirada de Pascual Gaviria.

Otraparte 52:00

Un adiós en Otraparte, como él lo hubiera querido. Con intervenciones de David Escobar Parra, Pascual Gaviria y Óscar Domínguez, entre otros. Gracias especiales a Gustavo Restrepo por el espacio y la calidez.

Julio César Londoño, 23 de marzo de 2024

Una flor
para Eduardo

El Espectador

Murió Eduardo Escobar. Alguna vez compartimos tarima en la Filbo. Lo saludé, solo le dije «Maestro, cómo está», porque el hombre me intimidaba; él me dijo «Quihubo, Londoño» y no fue más, así terminó esa cumbre del pensamiento occidental.

Con él muere el único espécimen simpático de la extrema derecha, el chigüiro de ese inframundo, pero nos quedan sus ensayos esféricos, hechizados, quizá mejores que la suma imposible de Tejada, Caballero, Arciniegas y Ospina.

En su Prosa incompleta descubrí que la palabra tropiezo tiene un «pie» escondido; que los primeros libros fueron escritos en caracteres oscuros sobre unos panes de barro secados al sol de Babilonia, y que tal vez por eso llamamos «ladrillos» a los libros pesados o ilegibles.

Tenía todos los defectos, excepto la reverencia: «Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura es Borges. Es imposible no admirar su pericia para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo, es un banco de datos elegantes, selectos, opio rebajado, numismática, Heráldica mohosa, ideario de ideas deshechizadas ya: en suma, escolástica».

De Fernando Vallejo, dijo que «naufraga en una diatriba resentida, en una ramplonería nadaistoide y autohagiográfica».

A su amigo Jotamario Arbeláez no le perdonaba que definiera a Fernando González como «un agiotista de Envigado», aunque más tarde Jota le dedicó a González unos coqueteos calculados, «él sabrá por qué. Hijo de sastre, Jotamario no da puntada sin dedal».

También comentó las obras de poetas menores. «Benedetti es al poema lo que Coelho a la filosofía, Chopra a la espiritualidad y Jairo Aníbal Niño a la literatura infantil. Los cuatro manejan una filosofía de té de viudas, teosofía del supermercado de las buenas intenciones que sólo conduce a los limbos del filisteísmo y a la esterilidad de la complacencia. Injustamente, Benedetti no figura en la discografía de Alberto Cortés. Se lo merece».

«Vargas Vila es joyería ridícula, panfleto histérico, liberalismo de carnaval, soledad con bengalas, vanidad, oropeles, anticlericalismo trasnochado, ripios lujuriosos quemados en los pebeteros de la decadencia del romanticismo europeo, falsa grandeza, machismo maricón y ateísmo de zapatería».

Escobar recordaba que, cuando Thorton Wilder y Sartre postularon a Fernando González para el Nobel de literatura, la Academia Sueca pidió un concepto a Bogotá y su par colombiana respondió postulando a un oscuro filólogo español.

A ratos decía bestialidades («La violación es un delito abominable, así ella se lo merezca») pero también podía hacer crítica en verso: «A Mario Rivero lo fascina el paisaje urbano, la poesía de la calle, el júbilo opaco de existir bajo un cielo de astronautas muertos, en ciudades sembradas de semáforos como flores, por donde pasan secretarias pintándose los labios, no los hombres abstractos de la estética vieja sino mendigos, oficinistas, cocacolos en sus motocicletas y obreros con sus almuerzos magros bajo el brazo de pulpo».

Pese a sus demonios paracoides, era un hombre inspirado. Sus ensayos sorprenden por el humor retorcido, las asociaciones imprevistas y una erudición fresca. El estilo parece oscuro hasta que el lector descubre que en la lengua escobariana la unidad de sentido es el párrafo, no la oración.

En La pregunta sobre Dios (artículo publicado en un número de la revista de la U. de Antioquia) exhibe su dialéctica de paisa aristotélico y se la juega de dos cabezas: “Dios bien podría existir o bien podría faltar en la Creación en absoluto, perfectamente —aquí el adverbio importa—. El Diablo, en cambio, es real pero previsible, tiene tics de payaso malo. Dios es más complejo”.

Sin chigüiros y sin Eduardo, ahora somos más pobres.

Pascual Gaviria, 27 de marzo de 2024

Eduardo
Escobar

El Espectador / Rabo de ají

De niño no quería ser cura, no se conformaba con los lutos y los susurros en la casa familiar, con la simple sotana. Creía en ese dios que invocaba la muerte y el pecado pero iba un paso adelante: quería ser santo o Papa. Tal vez por eso uno de sus mentores, Fernando González, lo trataba de diosecito extraviado en la tierra. Y viajó al seminario en Yarumal atraído por las flautas de los órganos. Tenía diez años y todavía no lo había atacado la desconfianza, una de sus enfermedades incurables. Porque era un desengañado, un amante desengañado. Muchas de sus liturgias de juventud, el jipismo abúlico, las utopías políticas, los cielos prometidos, el amor universal y otras yerbas, lo fueron decepcionando de a poco. También algunos autores predilectos lo cansaron. Pero en esas desilusiones estaban sus mayores elocuencias, en ese revisionismo constante se ponía a prueba su lucidez y su humor contra las falsas lealtades. Un humor que iba mucho más allá de la burla, negro y terso como un perro amenazante y leal. Y tenía la feliz desvergüenza de reírse de sus propios chistes, entendía que el juego había salido bien y lo remataba con una risa llana que terminaba en una tos entrecortada. Una herencia del humo que lo acompañó siempre. Porque el cigarrillo fue su luz, su pequeña linterna en los laberintos de la tierra y la literatura.

Esa condición de apóstata hizo parte de su vida de solitario. Decía que de niño se dedicaba a contemplar insectos bajo las piedras o a oír la música de una llave goteando sobre una alberca. Por eso muy pronto renegó de la gavilla del Nadaismo. Reconocía su valía como un remezón a la parroquia enmohecida, como una conjura de amistad y como una tropa con la que hizo sus estudios de posgrado en cárceles y reformatorios. Pero sabía que su vida la haría frente a su biblioteca. Y su casa era una arrume de libros que no podría tener ese nombre noble. Libros empolvados, subrayados, deshojados sobre mesas y sillas, libros en el suelo, consultados a deshoras, libros más leídos que atesorados. Él mismo se decía maniaco de esa enfermedad que adquirió a los tres años cuando todavía no sabía leer. Alguna vez escribió acerca del vicio entrañable de San Francisco de Asís que recogía del suelo cualquier despojo que tuviera algo escrito. En eso es seguro que fue su maestro. Leía desde la filosofía hasta las revistas sin corazón. Pasando por un esoterismo dudoso que nunca entendí. Era la más peligrosa de las drogas que lo vi consumir. De su boca oí la mejor defensa del libro cuando los apocalípticos de las pantallas los amenazaban de muerte: “Es como pensar que las mujeres van a ser olvidadas porque ahora venden muñecas parlantes en los sex shop

Ese impulso de lector lo llevó muy precoz a la escritura. Cuando tenía 25 años ya había publicado ocho libros de poesía. El teclado era su gran afición, la alegría de un hombre que desdeñaba la comida y el espectáculo de los deportes y los destellos de la televisión. Cuando uno le preguntaba en que había ocupado una mañana cualquiera, respondía con algo de la risa del holgazán: “Estuve cambiándole los zapaticos a dos personajes de un cuento que estoy escribiendo”. Ese escritor impenitente y erudito tenía la característica de huirle siempre al tono del profesor. Hablaba de filosofía con el señor que cogía las goteras en el techo de su casa con total desenvoltura. Podía conectar los males de la cañabrava con alguna cuestión fundamental. Esa era otra de sus experticias, el poder de unir lo que parece más lejano por medio de una cita, una mentira o una idea alucinada. Son las dotes de un aforista involuntario.

Murió hace una semana larga en medio de una ventisca que destechó casas y asustó árboles en todo el Valle de Aburrá. Estaba en su natal Envigado y sus eternos retornos. Un día antes de morir estaba con el computador sobre sus piernas intentando escribir su columna de El Tiempo. Quisiera leer esa pequeña hoja dolorosa y confusa, quisiera tenerla como una corta oración. Tenía razón en uno de sus poemas de juventud, sabía de los riesgos: “Y el peor defecto es tener máquina de escribir”.

María Dolores Jaramillo, 11 de abril de 2024

In memoriam

Eduardo Escobar, poeta, escritor y periodista colombiano, nació en Medellín, Colombia, el 20 de diciembre de 1943 y murió en la misma ciudad el 18 de marzo de 2024, a los ochenta años.

Trazó inicialmente un primer camino literario al lado de los renovadores e imaginativos poetas nadaístas y muy pronto escogió su propia reflexión e indagación solitaria. Siguiendo las lecturas de Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Sartre, Camus, o George Steiner, entre muchos otros, deconstruyó las ideas convencionales y reexaminó una a una en su validez. Y fue acercándose a un pensamiento libre, independiente, crítico, cada día más depurado y preciso, expresado con gran riqueza verbal. Construyó una obra literaria importante como ensayista, periodista y poeta, en la que se destaca su alta capacidad humorística e ironía y la cualidad provocadora de su visión personal, apoyada en argumentos y puntos de vista históricos muchas veces sorpresivos y novedosos.

La obra ensayística de este escritor y pensador recorre todos los temas esenciales de la condición humana e invita al lector a repensar y ajustar las ideas. A desechar las ideas inservibles y a buscar siempre mejores respuestas. A mirar de nuevo cada concepto e idea. A desmitificar falsos ídolos, falsos valores, ficciones y mitologías. Su columna de cincuenta años en el periódico colombiano El Tiempo recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2000, y se tituló Contravía porque pensaba los problemas desde ángulos distintos de los usuales. Porque evitaba los lugares comunes y buscaba otras explicaciones más válidas, convincentes y racionales para los distintos temas y problemas. Contravía fue una invitación permanente a repensar con mucho humor las preguntas y las respuestas que conforman la historia política, artística, religiosa o literaria que funda y soporta principalmente las civilizaciones occidentales. Una invitación sonriente a rearmar las ideas y a comprender mejor la vida humana.

Contravía fue una columna periodística alejada de lo tan extrañamente llamado hoy «políticamente correcto», y de las nuevas formas verbales que ha obligado el feminismo. Cada problema se trataba sin maquillaje ni eufemismos, buscando el tono humorístico, la precisión verbal y la claridad conceptual, y no los acomodos y cálculos de conveniencias. Su escritura fue un ejercicio analítico y crítico de alto calibre. Por eso se ganó muchos malquerientes, además de las alborotadas feministas que nunca comprendieron sus pullas, sus diatribas, ni pudieron compartir su risa…

Su escritura deja la huella de un gran lector, de un intelectual librepensador, de un hombre muy estudioso. Todas las ideas de sus diversos ensayos las acompaña y soporta el rigor de los argumentos. Fue uno de los únicos intelectuales y pensadores colombianos contemporáneos que se atrevió a cuestionar abiertamente a las Farc y a las demás guerrillas, y señaló su falso heroísmo y su daño continuo al país… Que desenmascaró el idealismo equívoco del Che Guevara, del cura Camilo Torres o del llamado comandante Papito.

No era un escritor militante, ni de izquierda ni de derecha, ni afiliado a ningún partido. Aunque algunos colegas de «la izquierda exquisita», como él los llamaba con ironía, lo tachaban de derechista, y les gustaba con insidia estigmatizarlo, y con envidia disminuirlo… Pero sus ideas eran libres y liberales. Amplias y profundas. Y la continua lectura le ayudó a movilizar sus puntos de vista y a nutrir su inteligencia para rearmar los distintos rompecabezas. Porque la inteligencia es esencialmente una función móvil, que corrige y ajusta la percepción y la intuición. Que añade y modifica ayudada de la lectura y la experiencia progresiva.

Le interesaron todos los temas humanos, literarios, musicales, artísticos, políticos, educativos y científicos. En muchos aspectos continuó los caminos reflexivos del escritor Fernando González, a quien admiraba. Y a quien dedicó sus últimos esfuerzos en la preparación de un libro de ensayos sobre el escritor envigadeño, que formará parte de su patrimonio póstumo. Leyó con interés a Carrasquilla y a León de Greiff y a los escritores europeos y norteamericanos de las vanguardias del siglo XX.

Algunos escritores le reclamaron haber creído en las posibilidades del gobierno de Álvaro Uribe. El 80% del país puso entonces sus esperanzas en la misma canasta, también apostó con fe, y en un momento histórico determinado creyó en el vigor, empeño antioqueño y capacidad de trabajo y transformación del país. Los colombianos estábamos acorralados, sometidos y atemorizados por la extorsión, el terrorismo y los secuestros. Y todos deseábamos un capítulo nuevo con algunos triunfos… que sin duda Álvaro Uribe nos concedió, a pesar de errores y sombras.

Eduardo Escobar vivió algún tiempo con el pintor Norman Mejía en Barranquilla. Pintaron juntos. Conversaron días y noches. Contempló y admiró muchas de sus explosivas representaciones y metamorfosis sexuales. Sus signos ocultos. Compartieron la fuerza creativa e imaginativa. El espíritu festivo y danzante.

Eduardo Escobar dejó en la revista Soho algunos de sus mejores textos y divertimentos, juguetones, picantes, insinuantes, y mordaces; alusivos y sugestivos, sobre una gama muy amplia de temas femeninos y humanos, eróticos y sexuales. En Soho cuenta al lector con mucha gracia cómo es amar a las muy distintas mujeres.

El tema de las dueñas chicas y grandes, o el examen de las mujeres mayores y menores, gordas o anoréxicas, por ejemplo, con influencia del Arcipreste de Hita, se incluyen entre algunos de sus más interesantes textos humorísticos de juegos dobles y connotaciones plurales. Pinta cuadros de amplio humor sobre las mujeres, sus rasgos y sus conductas. «Elogio de la moza» es una reflexión muy singular y lúcida. «Elogio de las tetas chiquitas», contra la tendencia actual a la abundancia de la silicona y el bótox, de las» muy globulosas que arrastran pompis pomposos…» son escritura para disfrutar, pensar, y morirse de la risa. «Magia negra» es otro texto insinuante, amplio en reflexión y diversos juegos de humor, que prueba su independencia de todo racismo y homofobia. «Los olores del amor» y «Los riesgos del amor» descubren la intimidad y los deseos profundos. Y aportan una recreación detallada y un surtidor de juegos verbales, burlas y risa. Forman en su conjunto un legado literario especial de prosa poética, divertido y delicioso para la lectura.

El escritor luce por su impertinencia. Por su carácter lúdico y provocador. Por la fuerza de los banderillazos que lanza al ruedo femenino. Con el mismo tono burlón, intensidad, y desparpajo que lo hizo su contemporáneo Rafael Humberto Moreno Durán cada vez que hablaba de las féminas… O Góngora y Quevedo en sus ingeniosos versos amorosos y satíricos.

Nosotros conservamos su memoria en los abundantes textos iluminados y jocosos.

Óscar Domínguez, 28 de marzo de 2024

Cenizas
en Otraparte

El Colombiano

Hace ocho días, las cenizas del poeta Eduardo Escobar hicieron escala por una noche en el cuarto donde murió el filósofo Fernando González uno de sus mentores intelectuales. Al día siguiente, viernes 22 de marzo, las cenizas fueron llevadas de Otraparte al cementerio de Envigado.

Sus cuatro hijos, hermanos y los miembros de la Corporación Otraparte prepararon un adiós laico y sobrio para no incomodar a quien había terminado su viaje a Itaca. Lo habría resucitado un adiós con tufillo a iglesia.

En la mesa principal huérfana de gente, una vela encendida montaba guardia ante sus cenizas. También decía presente una foto de Escobar hojeando el último de una treintena de libros que escribió: Escritos en contravía.

Mozart y Pederencki aportaron sus réquiems en la que se llamó escuetamente “Despedida a Eduardo Escobar” que tuvo lugar en la Casa Museo Otraparte. (La despedida fue documentada por el director Víctor Bustamente, quien grabó el homenaje. Lo encuentran en YouTube).

En sus años mozos Eduardito, como le decía su red de afectos, y Gonzalo Arango, habían sido interlocutores del inquilino de la vieja casona que a la entrada tiene una inscripción en latín que él había convertido en lema de su existencia: Cave canem seu domus dominum (Cuidado con el perro, o sea, con el dueño de la casa). La vez que le pedí una traducción del latinajo, el exseminarista Escobar me respondió: “Yo traduzco distinto: Cuidado con el perro, que es el señor de la casa”.

La noche del adiós con lleno hasta en los jardines, fueron proyectados videos que recrearon una vida que no se dio reposo para crear e impactar en verso y en prosa.

Por la familia, se dejó venir con una bella pieza fúnebre su sobrino David. Hernando Escobar, primo de Eduardo, sorprendió al respetable al contar que una vez su pariente lo invitó a conocer las ondinas. Ocurrió durante una visita suya a la casa de los Escobar Puerta en la Loma del Chocho. Contó Hernando:

“Me guió hasta una pequeña quebrada donde había también una pequeña cascada. Me invitó a sentarme junto a él pero con la advertencia de absoluto silencio. Y me pidió que me concentrara en las gotas que se producen cuando el agua golpea las rocas hasta que él me diera licencia para volver a hablar.

Con el pasar de los minutos (no sé cuántos, pero si sé que fueron muchos) empecé a percibir que esas gotas cada vez eran más cercanas a mí, incluso hasta llegar a tocarme y darme la sensación de tener la cara completamente mojada. Él que ya tenía los tiempos medidos me pregunó si las había podido conocer. La respuesta fue obvia. Había acabado de ocurrir”.

Feliz eternidad, “Diosecito”, el inri que te colgó el Brujo González.

Editorial, mayo de 2024

Brindis
y obituario

Universocentro

Conoció el poder de los periódicos cuando vio algunos libros prohibidos forrados con sus tintas y sus letras deleznables. Una manera de esconder en el tráfago diario las ideas que pueden perdurar y empujar algunas almas, mover algunos mundos, ensuciar algunas mentes. Ocultar los libros tras los periódicos. Una idea inútil, infantil y risueña. Siempre fue un hombre de periódicos, los necesitaba y los despreciaba llamándolos “la sopa de cadáveres de la historia”. Memorioso y enciclopédico como era, sabía de los chismes de la farándula, de los vicios de los poetas, del cerebro de los santos, de la historia de las niguas y de las cuatro caras del diablo, entre otras cosas. Son extraños esos seres a los que el periódico los pone a pensar y no a rabiar. Los describía a su manera: “El poder de los periódicos incendia los continentes, irradia, miente, apacigua, revela. La sociedad mide su libertad con el rasero de la libertad de prensa. El mito moderno aspira a la utopía del periódico como congregación, como sustituto del ágora. Como el espacio donde caben sin estorbarse los nobles sueños de Platón junto a los desmanes de Diógenes, de quien dijo, el propio Platón, que no era más que Sócrates enloquecido”.

El personaje del que hablamos fue un lector voraz y desordenado, hacía parte la “familia de los viciosos ilustres” que recogen cualquier cosa escrita en busca de un sentido o un gazapo. Sentía la obligación de terminar cualquier libro que caía en sus ojos: “Es preciso leer montañas de libros confusos para encontrar uno claro”. Y su casa era él, para intentar esa conversación con los muertos de la que hablaba Sartre. De algún modo era entonces un espiritista.

Ese hombre que bautizó como “mecanografía” su eterno ejercicio de escribir recaló muy pronto en Universo Centro, cuando apenas éramos el pequeño muelle de un bar, un muelle de sedientos. Digamos que se convirtió, sin quererlo, porque no era bueno para las lecciones, en el catano de la tribu. Sin carretas, solo con sus textos, influyó en nuestros primeros estilos, con su desparpajo y desconfianza crónica, con su risa burlona y piadosa muchas veces. Siempre cargado de su “indiscreto pesimismo y de la ironía que nos salva”. Y fue también un comodín, un hombre siempre listo para la acción en el teclado o para sacar una página del bolsillo de sus archivos. O para responder a los encargos más variados o engorrosos: la muerte de un futbolista, el triunfo de un político, el crimen por una idea, la memoria de un recuerdo ya cariado. Era un titular inamovible con la vocación de trabajo y sacrificio de los suplentes. Aunque odiara la palabra sacrificio con todos los ímpetus de su juventud de sacrificado. Y lo colgamos algunas veces, por retorcido, por embelesado con sus frases interminables, por sus excesos de caracteres. Reaccionaba con la tranquilidad de los principiantes, pero no dejaba de rumiar su derrota y preguntar por los motivos de esa malhadada decisión. Emprendía una nueva tarea y nosotros expiábamos nuestra culpa brindando a su salud.

Pero además de mecanógrafo el hombre del que hablamos era un poeta precoz. A los 35 años había publicado ocho libros. Con razón uno de los poemas de su primera antología deja una advertencia: “El peor defecto es tener máquina de escribir / El poeta es oscuro como un caramelo / es el que hace / el peor cuarto de la casa / con los pies inservibles y las dos manos que no pueden / abrir una puerta”. Como todos los poetas dignos de ese título era un observador inmisericorde, y sacaba conclusiones a la primera mirada. También ese ojo nos enseñó algo: la belleza que puede haber en la maledicencia, el bostezo que acompaña siempre a las certezas ideológicas, la compasión que se debe sentir ante el poder soso y brutal de la política. Y nos mostró el tedio tras las apoteosis deportivas. Un disidente de las disidencias. Y se reía como ninguno de sus penurias merecidas de poeta, porque fumaba los cigarrillos más baratos con el orgullo y la postura de un aristócrata. “Los poetas suelen ser pobres de solemnidad, indefinibles. Criaturas inestables. Entes rituales. De apariencia inútil por elección. Por fastidio de regatear”. Sin algo de su espíritu de poeta, que nos acompañó desde los primeros intentos de imprenta, Universo Centro sería un poco más liso, menos flexible, insensible a las auroras boreales de las manchas de aceite sobre la calle mojada. Siempre en busca del “hechizo escondido tras las máscaras de lo obvio”.

También era un experto en buscar pleito este poeta sin profesión, adicto a la cabrilla de su jeep lustrado de óxidos que llevaba siempre brillante la mala estrella de la escasez de gasolina. Cuando todo el mundo estaba embelesado con los espejos y los laberintos de Borges, se atrevía a decir que Borges es “un enorme estorbo esperando que le celebramos el aniversario de la ceguera, su primer diente, su primer verso y su último suspiro”. Así mismo disparaba contra los jipis aunque fuera uno de ellos hasta su senectud, se burlaba de sus utopías, de ese “pueblo de niños floridos de buena voluntad disfrazados de papagayos”. Y si alguien aplaudía esa idea, decía entonces que esos mismos niños fueron la “resistencia al embrutecimiento masificador”.

En política era disparatado, coincidió joven con los entusiasmos revolucionarios que traicionó con gracia y gusto años después. Así fuera por el placer de ver rabiar a sus amigos y obligarlos a una carta indignada o a un insulto por teléfono. De modo que podía ensalzar a los anarquistas por “dejar abierta la puerta hacia el Estado pequeño, de federaciones solidarias, que ignoran la guerra, la violencia y la avidez”, y al mismo tiempo dejar caer un elogio a la dictadura del pragmatismo en cualquier palacio presidencial. Aquí, en UC, también gozamos de la pendencia y la contradicción.

Casi cuarenta textos escribió para Universo Centro ese hombre que quería ser santo y pasó buena parte de su primera juventud en celdas y reformatorios. Lo tuvimos varias veces en nuestro antro de redacción y fumamos en su compañía la hierba que encontraron en el jardín de Shakespeare, según una de sus historias alucinadas, y supimos de sus afanes de habitante de una casa en la que las arañas se encargaban de coger las goteras y de sus amistades campesinas y sus amoríos de segundos mientras pagaba los peajes.

Ese hombre que murió el pasado 18 de marzo en su natal Envigado, tal vez para asustar a su maestro Fernando González o para escribir una última página sobre el eterno retorno, dejó caer toda su gracia sobre estas páginas, y nos honró con su ceniza de fumador suicida y nos alegró con los recuerdos inventados sobre la Medellín que apenas intuimos en las fotos viejas. Su nombre, así en presente, es Eduardo Escobar, y desde esta pequeña trinchera lo saludamos, le agradecemos y brindamos en su honor. Y leemos unos versos de Whitman subrayados en alguno de sus textos: “¿Y si acaso los únicos vivos, / los únicos reales son los muertos… / Y yo la aparición, el espectro?”.