Eduardo Escobar, poeta, escritor y periodista colombiano, nació en Medellín, Colombia, el 20 de diciembre de 1943 y murió en la misma ciudad el 18 de marzo de 2024, a los ochenta años.
Trazó inicialmente un primer camino literario al lado de los renovadores e imaginativos poetas nadaístas y muy pronto escogió su propia reflexión e indagación solitaria. Siguiendo las lecturas de Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Sartre, Camus, o George Steiner, entre muchos otros, deconstruyó las ideas convencionales y reexaminó una a una en su validez. Y fue acercándose a un pensamiento libre, independiente, crítico, cada día más depurado y preciso, expresado con gran riqueza verbal. Construyó una obra literaria importante como ensayista, periodista y poeta, en la que se destaca su alta capacidad humorística e ironía y la cualidad provocadora de su visión personal, apoyada en argumentos y puntos de vista históricos muchas veces sorpresivos y novedosos.
La obra ensayística de este escritor y pensador recorre todos los temas esenciales de la condición humana e invita al lector a repensar y ajustar las ideas. A desechar las ideas inservibles y a buscar siempre mejores respuestas. A mirar de nuevo cada concepto e idea. A desmitificar falsos ídolos, falsos valores, ficciones y mitologías. Su columna de cincuenta años en el periódico colombiano El Tiempo recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2000, y se tituló Contravía porque pensaba los problemas desde ángulos distintos de los usuales. Porque evitaba los lugares comunes y buscaba otras explicaciones más válidas, convincentes y racionales para los distintos temas y problemas. Contravía fue una invitación permanente a repensar con mucho humor las preguntas y las respuestas que conforman la historia política, artística, religiosa o literaria que funda y soporta principalmente las civilizaciones occidentales. Una invitación sonriente a rearmar las ideas y a comprender mejor la vida humana.
Contravía fue una columna periodística alejada de lo tan extrañamente llamado hoy «políticamente correcto», y de las nuevas formas verbales que ha obligado el feminismo. Cada problema se trataba sin maquillaje ni eufemismos, buscando el tono humorístico, la precisión verbal y la claridad conceptual, y no los acomodos y cálculos de conveniencias. Su escritura fue un ejercicio analítico y crítico de alto calibre. Por eso se ganó muchos malquerientes, además de las alborotadas feministas que nunca comprendieron sus pullas, sus diatribas, ni pudieron compartir su risa…
Su escritura deja la huella de un gran lector, de un intelectual librepensador, de un hombre muy estudioso. Todas las ideas de sus diversos ensayos las acompaña y soporta el rigor de los argumentos. Fue uno de los únicos intelectuales y pensadores colombianos contemporáneos que se atrevió a cuestionar abiertamente a las Farc y a las demás guerrillas, y señaló su falso heroísmo y su daño continuo al país… Que desenmascaró el idealismo equívoco del Che Guevara, del cura Camilo Torres o del llamado comandante Papito.
No era un escritor militante, ni de izquierda ni de derecha, ni afiliado a ningún partido. Aunque algunos colegas de «la izquierda exquisita», como él los llamaba con ironía, lo tachaban de derechista, y les gustaba con insidia estigmatizarlo, y con envidia disminuirlo… Pero sus ideas eran libres y liberales. Amplias y profundas. Y la continua lectura le ayudó a movilizar sus puntos de vista y a nutrir su inteligencia para rearmar los distintos rompecabezas. Porque la inteligencia es esencialmente una función móvil, que corrige y ajusta la percepción y la intuición. Que añade y modifica ayudada de la lectura y la experiencia progresiva.
Le interesaron todos los temas humanos, literarios, musicales, artísticos, políticos, educativos y científicos. En muchos aspectos continuó los caminos reflexivos del escritor Fernando González, a quien admiraba. Y a quien dedicó sus últimos esfuerzos en la preparación de un libro de ensayos sobre el escritor envigadeño, que formará parte de su patrimonio póstumo. Leyó con interés a Carrasquilla y a León de Greiff y a los escritores europeos y norteamericanos de las vanguardias del siglo XX.
Algunos escritores le reclamaron haber creído en las posibilidades del gobierno de Álvaro Uribe. El 80% del país puso entonces sus esperanzas en la misma canasta, también apostó con fe, y en un momento histórico determinado creyó en el vigor, empeño antioqueño y capacidad de trabajo y transformación del país. Los colombianos estábamos acorralados, sometidos y atemorizados por la extorsión, el terrorismo y los secuestros. Y todos deseábamos un capítulo nuevo con algunos triunfos… que sin duda Álvaro Uribe nos concedió, a pesar de errores y sombras.
Eduardo Escobar vivió algún tiempo con el pintor Norman Mejía en Barranquilla. Pintaron juntos. Conversaron días y noches. Contempló y admiró muchas de sus explosivas representaciones y metamorfosis sexuales. Sus signos ocultos. Compartieron la fuerza creativa e imaginativa. El espíritu festivo y danzante.
Eduardo Escobar dejó en la revista Soho algunos de sus mejores textos y divertimentos, juguetones, picantes, insinuantes, y mordaces; alusivos y sugestivos, sobre una gama muy amplia de temas femeninos y humanos, eróticos y sexuales. En Soho cuenta al lector con mucha gracia cómo es amar a las muy distintas mujeres.
El tema de las dueñas chicas y grandes, o el examen de las mujeres mayores y menores, gordas o anoréxicas, por ejemplo, con influencia del Arcipreste de Hita, se incluyen entre algunos de sus más interesantes textos humorísticos de juegos dobles y connotaciones plurales. Pinta cuadros de amplio humor sobre las mujeres, sus rasgos y sus conductas. «Elogio de la moza» es una reflexión muy singular y lúcida. «Elogio de las tetas chiquitas», contra la tendencia actual a la abundancia de la silicona y el bótox, de las» muy globulosas que arrastran pompis pomposos…» son escritura para disfrutar, pensar, y morirse de la risa. «Magia negra» es otro texto insinuante, amplio en reflexión y diversos juegos de humor, que prueba su independencia de todo racismo y homofobia. «Los olores del amor» y «Los riesgos del amor» descubren la intimidad y los deseos profundos. Y aportan una recreación detallada y un surtidor de juegos verbales, burlas y risa. Forman en su conjunto un legado literario especial de prosa poética, divertido y delicioso para la lectura.
El escritor luce por su impertinencia. Por su carácter lúdico y provocador. Por la fuerza de los banderillazos que lanza al ruedo femenino. Con el mismo tono burlón, intensidad, y desparpajo que lo hizo su contemporáneo Rafael Humberto Moreno Durán cada vez que hablaba de las féminas… O Góngora y Quevedo en sus ingeniosos versos amorosos y satíricos.
Nosotros conservamos su memoria en los abundantes textos iluminados y jocosos.