LAS ROSAS DE DAMASCO Y OTROS RELATOS, 2017

Crónica
de un
amor loco

Aquella tarde de junio de un sol tímido estaba invitado a las seis a un recital del poeta Álvaro Mutis en el Palacio de Nariño, en Bogotá. Y a un vino de honor después según rezaba la cartulina rectangular, amarillenta. Dejé descansar el trabajo a las tres; abandoné la oficina más temprano que de costumbre; a las cuatro me hallaba en mi apartamento, un pequeño piso de un verde de aceituna vieja a la sombra húmeda de Monserrate y me había colgado una corbata ancha, de seda, con arabescos, a la moda de entonces, que fue de mi padre, entonces recién muerto, me había puesto la percha, como solíamos decir en nuestra juventud, quiero decir, el vestido sombrío, de rayas, que uso siempre que debo mezclarme con Bretaña y había calzado mis mejores zapatos negros y peinado como mejor se pudo el alboroto perpetuo de la cabeza que me hizo objeto de burlas en la infancia remota, en el espejo de medio cuerpo enfermo de hongos. Antes de las cinco, me encaminaba muy orondo, con la invitación en el bolsillo, hacia el barrio sombrío donde queda la casa de los presidentes de Colombia, rodeada aquellos días, según me acuerdo, de jóvenes araucarias oscuras y rosas de Arabia que nunca florecieron. Como era temprano todavía al pasar por la avenida Jiménez y hacía un frío del demonio, decidí tomarme la libertad de un trago en La Romana mientras repicaban el cuarto en el campanario de la iglesia de San Francisco. Me acomodé al fondo. En un reservado en penumbras. Bajo una lámpara polvorienta de luz tísica. Pedí un brandy. Encendí un cigarrillo. Y me dispuse a dejar correr el tiempo.

Rocé la transparencia del licor con la punta de la lengua.

Dejé correr despacio entre las encías el recuerdo de la falsa madera, las tristes uvas, las enfáticas esencias, el fuego perfumado del alcohol. Un lujo imperfecto por ese precio. La lengua, que explora el mundo y presta estériles servicios sexuales, es fecunda en desorden y ruido. Me dije. y me sumergí de mala gana en el murmullo confuso de la charla de la clientela. Las volutas del humo del cigarrillo se amontonaban sobre mi cabeza empozadas en el hueco de la lámpara apagada como una aureola opaca. Y entonces entró. Y se hizo en el establecimiento un silencio religioso.

Tendría veinte años a lo sumo. La blancura de las hadas y de las hostias. De cejas anchas y oscuras sobre los ojos tranquilos, los labios eran carnosos como moras. La nariz pequeña y proporcionada. Y los cabellos oscuros del color de la pulpa del tamarindo.

Irradiaba una serenidad impecable. De milagro. y sin embargo era de este mundo, porque allí estaba, de este lado del umbral. El ambiente del restaurante de desempleados, lagartos de vocación, burócratas con cara de bostezo, intelectuales puros y secretarias hambrientas de saberes se apaciguó para admirar la maravilla. El resplandor de la aparecida. y yo aspiré el perfume yerbal de su mata de pelo suelto. De palmera frutecida, de corozos.

Sus ojos de miel y avellanas tostadas chisporrotearon en chispazos de oro que me devolvieron a un tiempo mítico y me trajeron recuerdos del paraíso perdido. De tiempos más felices que estos agrios que pasamos. Cuando me miró, como si distinguiera a un viejo amigo antiguo, sonrió, conmigo, no contigo o con aquel, quedé abrumado. Pero cuando caminó hacia mí, con decisión, si no flotó como una columna de humo por el restaurante con una vara de rosa en botón en la magnolia de la mano, mi razón trastabilló.

Trastornado, tuve una contracción en el hígado, como cuando a los seis años se asomaba a la sima donde se despeñaban las ovejas en la hacienda de los abuelos de mi madre. y sentí que mi corazón escapaba por el gaznate, es un decir, dando saltos de sapo como un loco feliz sobre los manteles, que me hubieran puesto en ridículo de no haberlo devuelto a su lugar con un sorbo del brandy.

Soy un hombre tímido cuando me cogen desprevenido, fuera de base. El timbre de su voz me disolvió. Ahora la asocio con el sonido de un laúd, con el reclamo del bulbul, con el rumor de la brisa en un huerto de viñas, berenjenas, nardos y tórtolas.

-¿Puedo sentarme con usted? Me dijo.
-Claro. Claro que sí, contesté, con fingida cordura.

No soy Nerón, Hitler, Atila, el Superhombre de Nietszche o Supermán. De un envión me coloqué entre pecho y espalda el dedo que restaba en la copa de brandy para curar el asombro y recuperar el piso de la realidad y el color del mundo. Mientras ella se sentaba a mi lado como un personaje en un sueño tranquilo, tan próxima que podía gozar el clima de la primavera de su cuerpo y disfruté del regalo de su hálito de manzanas.

Algunas sonrisas hablan de un carácter generoso, de un espíritu inocente, noble o apacible. Otras hacen el elogio público y callado de un dentista que conoce el oficio. La suya cantaba con granizos de gloria el Cantar de los Cantares con todo sus deleites y sus aromas.

-Usted va a pensar que estoy loca, empezó. Pero al entrar tuve la certeza de conocerlo hace tiempos. y me gustaría charlar con usted. Un momento.

Así dijo. Poniendo entre nosotros el botón de rosa.

Yo dije, sobreponiéndome al desconcierto, haciendo de tripas corazón:

-Sí. Es posible que nos hayamos visto antes… y
Y luego pregunté, lógico como un tonto:
-¿Y, dónde crees tú que nos presentaron?

Ella, con el entusiasmo de las noches estrelladas del Sahara que la hizo creíble, aclaró, seria y convincente:

-Fue hace muchos años. Y añadió. Muchos. Y después de una pausa agregó con la seriedad del mundo:
-Fuimos amantes. En Arabia.

-No es posible, me defendí. Quizás estaba loca de veras. Y embarazada para acabar.
-No puede ser. ..Porque yo nunca estuve en Arabia y porque…

Ella me calló, poniendo la punta de su mano en mis labios lívidos.

-Fue en otra encarnación. Reveló. Quise sonreír, por condescendencia. Aunque, sin comprender cómo, me descubrí repitiendo para mis adentros, mientras miraba a la insensata, estas palabras:

Las pecas de tus mejillas.
Como las estrellas al medio día.

Ella rompió a hablar atropellando las palabras. Me contó quién era. Lo que pensaba de la vida y de la ilusión del mundo, de las artimañas del olvido y la nostalgia, de la felicidad, la gloria, las corazonadas, y agregó a sus filosofías mil pormenores comunes a todas las muchachas de su edad: había estudiado teatro pero la había cansado, hacía fotografía, de niños, por afición, había tenido un novio celoso que la maltrataba, había perdido un perrito afgano de orejas tristes en Cartagena y su padre vivía y ya no fumaba y amaba a su madre aunque era una mujer rígida y tosca y estaba orgullosa de sus hermanos.

Sus palabras tenían sinceridad e inocencia. Eran claras yo naturales. Pronto me envolvieron en el hechizo. No eran tan solo lucubraciones, mentiras del deseo de una estudiante de veinte años que se atiborraba de libros esotéricos. Ni siquiera cuando se refirió aun sentimiento vetusto y plácido que nos ligaba, según ella, a esa existencia hipotética y dichosa que habíamos gastado juntos, un siglo remoto, y en la cual yo formaba para ella la mejor parte, como dijo, y ella fue para mí la niña de mis ojos. Pero cuando me recordó unos versos que yo le había dedicado en esa encarnación distante, los mismos que yo me seguía repitiendo en mi interior, las pecas de tus mejillas, como las estrellas al medio día, empecé a desconfiar de la aparición. y de mí mismo. y me sentí absurdo. E irreal.

Al cabo de un silencio largo que no me atreví amancillar, tampoco sabía qué decir, acarició pensativa el botón de rosa, le arrancó un pétalo, se lo comió, me miró a los ojos y me declaró su amor.

-Te amo. Desde el primer día del mundo

Yo abrí la boca, consternado. Perplejo y vacío. Y absorto. Su sonrisa: deseable, saludable, increíble. Sus dientes: manada de corderos entre los arreboles. Su frente: la claridad de la mañana

-Te amo. Repetía. Inclinando su cuerpo sobre mí de modo que el escote del vestido de algodón con estampados de tulipanes y cabezas de cotorras me permitió contemplar los dos tesoros iguales de sus pechos, sus pezones tensos con puntas de fresa.

Yo también te amé.

Qué más podía hacer. Si estaba confundido, feliz y halagado. Ella estaba flechada. Era evidente.

El mundo es más misterioso de lo que pensamos. Todo es posible. Pensé, a medias entregado al embrujo. Pero me pareció que el tropel del universo y el afán de los transeúntes y las estrellas del cielo afuera y adentro los habituales de la Romana, los comensales y las flores de plástico en los solitarios, hacían una pausa de solemnidad en sus difusas actividades mecánicas, espirituales y biológicas para contemplar el portento de nuestro amor intemporal. El lugar quedó transformado para mí en un jardín de reverencias, en una muda aprobación ante el prodigio de nuestro afecto. Hasta el hombre de la caja registradora que había cesado de estirarse las pestañas y las mes eras en fila como gansas con sus cofias ante el oscuro mostrador de cedro repleto de vasos relucientes y los vasos relucientes, se precipitaron detrás de mí en un estado de gracia muy parecido a la estupidez y el vértigo.

Olvidé en el bienestar que estaba casado. Que peinaba canas, debía doblarla en edad. Que tenía hijos pequeños que me querían y necesitaban. la experiencia de aquella juventud ignota que me revelaba con palabras lentas, sencillas y pronunciadas, me devolvió de golpe a otros huesos. A un tiempo feliz, a otra sangre. Volví a ser de un modo enigmático, pero no irreal, el adolescente despreocupado y suertudo en quien ella me transfiguraba. Y recuperé por un momento la fe perdida en el enredo culebrero de este mundo de querellas y quebrantos y la esperanza de ser redimido de mi nada por la fuerza del amor.

Siempre creí que la vida humana no es tan solo fiera urdimbre económica, muchedumbre e historia, que guarda su truco magnético. Que existen zonas encantadas de la realidad, intersecciones mágicas del tiempoespacio. Pensé con incierto dolor en la cara que pondría mi mujer, en mis hijos abandonados por correr detrás del amor ideal que todos andamos buscando desde que nos expulsaron del éxtasis del útero. Pero contra la tristeza sin fondo que me produjo la inminente renuncia a mis deberes palpables, a todo aquello de la cual había sido responsable hasta entonces, me descubrí revisando en mis adentros memorias de lecturas sobre la metempsicosis, la transmigración de las almas y el eterno retorno de los seres y cosas y me parecieron diáfanas. No meras hipótesis de un deseo vanidoso de eternidad.

Recordé, en la embriaguez del juego, la fascinación que siempre suscitó en mí el desierto desconocido. Callé, para evitarle el olor acre del aserrín del espectáculo miserable de la tierra, la simpatía que despiertan en mí los camellos mustios de los circos. y me reconfirmé en mi admiración devota por la mística de los monjes su fíes, la poesía de Ibn Arabi, Fuzuli, Attar y Hafiz.

Y comencé a darme cuenta con todo el ser de que mi gusto por los zejeles, las qasidas, las jarchas y la resonancia del tanbur, las tersuras vegetales de la flauta ney, los gemidos de los imanes en los minaretes al crepúsculo y la gracia de las mezquitas, no eran simples adhesiones estéticas y caprichos intelectuales de vana erudición sin espíritu, si no indicios, improntas moleculares de aquellos días que había olvidado, aunque no andaban extraviados del todo, puesto que ella los guardaba en su nítido recuerdo. Aquellos días ardientes por cuyos yerros incógnitos y abominables debieron condenarme a la blasfemia de reencarnar en Colombia. Cuando fui su amante rendido, dueño de caravanas con mi suegro, su padre, en un oasis con siete pozos de agua fresca y susurros de datileras y poblado de tiendas festivas y rebuznantes asnos y dromedarios soñolientos.

Un beso de almíbar me arrancó de mis divagaciones literarias de mis vuelos imaginativos, de mi ensueño mahometano. Me cayó como si me golpearan la cabeza con los dos tomos de Las Mil y Una Noches.

Tus besos
mejores que el ácido acetilsalicílico
y la caridad del opio
contra el dolor de existir
para perderte.
Recité para mí.

Mis problemas actuales, pasados, futuros, las penas en proyecto, las angustias cansadas, las olvidadas, los propósitos incubados, los remordimientos espinosos de lo no cumplido, todo, formas, vacíos, omisiones, carencias, vicios, ciencias y artes, se desvanecieron en el aire como una niebla. Lo demás fue no saber. La plenitud de no pensar. La gloria del sentir. Hablamos de mil cosas. De mí, de ella, del futuro que nos esperaba. De las personas que conocíamos. De los libros que más nos habían gustado. Ella había leído el Calila y Dimna. Y estaba bien ilustrada sobre las virtudes de la alheña. Sus palabras favoritas eran aljibe, almohada, alhelí, bulbul, carajo, zalema y zoco. Me mostró una baraja de fotografías de familia que sacó de una carterita labrada con unicornios y palmas. Sus seis hermanos apoyados en sus bicicletas de turismo, su padre fumando una pipa cuando aún fumaba acaricia un perrito de largas orejas y ojos premonitorios, la tía que más quería en un parque en Washington con un sombrero de paja de verano, su madre, una mujer de rostro ríspido y bigote de galán en el corredor de su casa y un aspecto de El Cairo , recortado de una revista, adonde quería que fuéramos, y el recorte de un poema dedicado a la felicidad de la unión divina por un poeta arcaico de El Líbano, cuyo nombre pronunció con un dejo y haciendo resonar las jotas con cierta afectación que le lucía. Pedimos un brandy tras otro. Bebimos.

Brindamos, haciendo retiñir las copas como si fueran celestas. y cuando el sol empezó a caer como un coágulo sobre la avenida Jiménez decidimos dar un paseo por la tarde púrpura apunto de apagarse.

A estas alturas del arrebato yo había dejado de acordarme de que el poeta Álvaro Nariño ofrecía un recital de sus poemas en el palacio Antonio Mutis. Ignoraba por completo en el delirio cómo se llamaba el presidente de Colombia. Que Colombia es una farsa doliente. Mi patria había dejado de ser este purgatorio de penas en vinagre, un desorden frenético, la herida enconada que siempre fue, si no un colchón de nubes, un lugar muy alto, muy dulce, muy puro y muy claro y muy rico. La torre cerrada de marfil donde un hombre contempla sin cansarse los ojos ambarinos de su novia y ve en ellos la tierra prometida, el reino de los cielos, la cuarta dimensión. Puse sobre la mesa una propina faraónica con ademán olímpico.

Nada me faltaba. Habría bailado desnudo en el atrio de la iglesia de San Francisco como San Francisco ante Santa Clara. Si el estentóreo, odioso llamado de otra realidad de la peor clase no hubiera irrumpido como una res rabiosa en el adagio de un cuarteto de cuerdas, desbaratando el embrujo.

-Claudia, Claudia, carajo. Gritaron sobre nosotros.

Mi pobre amada alzó los ojos. Tembló como una azucena asustada. Palidecieron sus mejillas que el alcohol y la pasión habían encendido. Al volverme, vi un muchacho desesperado y robusto, que elevaba las mangas de una camisa amarilla y repetía

-Carajo, Claudia. Maldita sea.

Era su hermano, según me enteré enseguida. Lo acompañaban dos individuos con caras de energúmenos y batas de enfermero.

Ella me regaló la ternura de una última mirada, un resto de sonrisa con un rescoldo de horror. Corrió a la puerta. Pero allí la esperaba un cazador de gacelas de aspecto siquiátrico, con una jeringa que desmontó mis principados árabes en mi enamorada en una sucia ataraxia, supongo, porque ella se desmayó en sus brazos profesionales como una hoja.

Mientras se la llevaron cargada como una muerta, su hermano trató de explicarse. Se disculpó, angustiado, con vergüenza y dolor evidentes. Desde el borde de una lágrima fraternal que se resistía a brotar en su ojo izquierdo, tartamudeó, mientras mecía la cabeza sobre sus hombros:

-Perdone, señor… Mi pobre hermana… Está loca… Obsesionada con un poeta que dice haber conocido en una encarnación pasada… en Bagdad… Mi pobre hermanita… Ayer escapó del hospital..

Yo farfullé, sin saber lo que decía

-Pero… tal vez yo soy… tal vez… yo sea…joven… ese poeta que ella busca por este mundo sin pies ni cabeza.

El muchacho me miró a mí de la cabeza a los pies. Contempló mi corbata de seda con desprecio, las solapas de un vestido decente, mis relucientes zapatos negros, como barcas, como si yo jamás hubiera sido un año, un día, un instante, un príncipe musulmán, si no un escarabajo en un cuento tétrico de Kafka y se marchó a trancos por donde había venido con un gruñido de fastidio y un portazo en la puerta de vaivén.

Al salir de La Romana, la estela gris del exhosto de la ambulancia destartalada donde transportaban mi flor (sometida a la razón por la fuerza de la química bruta y el prejuicio rastrero), aún ahumaba la tarde sucia. Un nubarrón violeta acababa de tragarse de un bocado el último vestigio de un sol de moho.

La luna de junio se levantaba con esfuerzo sobre las azoteas bogotanas. Advertí que llevaba en la mano el botón de rosa que ella había olvidado sobre la mesa. Era una rosa sin olor. Recordé que había olvidado preguntarle su nombre. Y lo experimenté como una omisión irreparable, como una pérdida, como una pobreza a la que jamás lograría sobreponerme. Mi alma nunca se acostumbró a las decepciones, ni jamás se sintió tan abandonada, sola y ridícula. Camino del palacio de Nariño, sobre el basurero de pesadilla de la carrera séptima: mariposas muertas, polvo molido, gargajos aplastados, pellejos de ciruelas, empaques de galletas, periódicos arrugados que el viento arrastraba como pájaros bobos, cavilaba. Tal vez no estaba loca. Tal vez no eran solo fantasías. Yo había sido una vez su príncipe azul. Y ella mi pasión, mi aire, mi fiesta, mi privilegio.

Todo cabe. Lo demás es la envidia que no soporta la música de los otros. Los escrúpulos del sistema métrico decimal. La rutina espantosa de los notarios. y las putas ideas fijas de los siquiatras que han dejado de creer en milagros para desgracia nuestra. Pensé.

Detrás de mí repicaron las seis en la torre de San Francisco.

Y empezaron a encenderse los avisos luminosos en las fachadas como todas las tardes.

LAS ROSAS DE DAMASCO Y OTROS RELATOS, 2017

Lucía
y Lucas

La pasión del principio degeneró en unos silencios esponjosos, oprobiosos, de yermo; el sexo de los novios de antes, en quienes todos veían unos tórtolos, ejemplares de la vieja metáfora, con la costumbre de los meses paró en una rutina de compromiso, que también debieron resentir el lecho, la lámpara y el espejo, porque aquel se desarmaba en el clímax sin entusiasmo de una aburrida gimnasia, la lámpara titilaba avergonzada del soso espectáculo de dos que duermen dándose la espalda, a medias saciados, después de haber cumplido con un deber conyugal, y el espejo se empañaba para no verse obligado a contemplar las podredumbres del tiempo y las traiciones de la realidad, en esa habitación de un apartamento de la clase media donde se velaba el cadáver opaco del romanticismo. Yo me había figurado que el amor iba a ser eterno. Pero por entre las junturas de los ladrillos del castillo de oro con antejardines de rosas y fuentes de leche y miel de las ilusiones, consagradas por el cura, se colaron las telarañas del aburrimiento, diseñadas por el diablo, y el tedio mezclado con el resentimiento de mi fracaso de poeta, de mi vida artística ofrendada en el altar de la estética moderna.

El almacén de lencería que nos habían financiado nuestros padres, esperanzados, quizás para compensar la hartura de los suyos, en que íbamos a realizar la rareza existencial de un matrimonio dichoso, al principio producía lo que necesitábamos para vivir, o en todo caso vivíamos mucho mejor que cuando iniciamos nuestra relación. Al casarnos, el plan era así de simple: yo trabajaría en el almacén, y él se convertiría poco a poco en el poeta que ambicionaba ser, cuyos versos, con mucha probabilidad, iban a restaurar la armonía universal del paraíso con una nueva música acorde con los tiempos. Pero nació la niña, los ingresos resultaron insuficientes para colmar su voracidad, y Lucas tuvo que conseguirse un trabajo como publicista. Estaba bien remunerado y en la agencia le permitían una cierta libertad en los horarios, pues la dirigía un amigo suyo, pero aun así no era feliz. Pensaba y decía que un hombre decente, y sobre todo si es un artista prometedor, no puede hacer del arte de mentir una profesión. La frase se le convirtió en un lugar común, en un clamor cotidiano, a veces espetado con un suspiro. Y una mañana, cuando repitió la cantilena mientras se preparaba para ir a la oficina, yo repuse como con labios prestados, sin querer queriendo, como se dice, reacomodándome, recuerdo bien, un rulo que amenazó descolgarse de mi frente obedeciendo a las leyes de la gravedad:
—A mí tampoco me hace muy dichosa que digamos lavar pañales todo el día y limpiar ventanas y cocinar papas. Pero así son las cosas de la vida.

Y qué va a pasar con mi escritura. Protesté con amargura. Me juraste que me ibas a ayudar a crear una obra. Nos juramos que nunca nos iban a arrastrar los hábitos sucios del matrimonio burgués en todo el mundo, que no nos dejaríamos arrollar por los roles tradicionales. Quizás deberíamos ser más ahorrativos. Dije. Pero ella había cambiado de parecer. Entonces estaba pensando que el mundo podía funcionar bien sin escritores. Y que la poesía no se come. Y que para eso habían inventado los dioses los sábados y los domingos, para que algunos hombres singulares jugaran a sentirse geniales y a refundar un mundo ideal, sobre el mundo que es.

Jamás me sentí tan mal, pero no pude contenerme, y dije lo que dije. Nunca lo había visto tan herido y humillado, con una herida que debió llegarle al centro del corazón, según los ojos que puso y el modo de inclinarse como si acabara de cargarlo con una cruz. Pero no me importó. Por mí podía morirse si se sentía mejor muerto. Además, lo experimenté como un triunfo del amor que yo creía merecer, mientras él gastaba los ojos en los libros en vez de mirarme como antes como a un animal precioso. Entonces, aún tenía poder sobre él, me dije. Ya no el poder de los mimos y las caricias, para reducirlo a la docilidad del niño bueno, sino el poder de lastimarlo y agobiarlo. No sé si esto explica la clase de monstruo de mujer en la que se me estaba transfigurando la esposa rendida que me había jurado representar para que él conquistara la inmortalidad de las enciclopedias y la atención de la posteridad.

El romance desembocó en la convivencia de un muerto cuya única función clara era trabajar para mantener el hogar desangelado, con una mujer semiviva batiendo una escoba perpetua, con un cuchillo de cocina en la mano babeando la sangre negra de un pedazo de hígado de vaca, con un pañal usado entre dos dedos como el hosco trofeo, como la recompensa de la paternidad bajo una apariencia húmeda y dorada. Comencé a faltar a la casa por las noches. Me enredé en un flirteo atrabiliario con una muchacha rubia de las tribus de los jipis que tenía unas tetas enormes y blancas surcadas por un sistema maravilloso de venas azules y que cantaba como un cucarachero en la acción y sonreía deliciosamente, dulcemente. Lucía se iba a dormir con los niños donde mi suegra (que además se había hecho a un apartamento en el vecindario) cuando yo comenzaba a demorarme, entretenido en algún hotelito de vendedores ambulantes. Otras veces la encontraba dormida, fundida frente al televisor hablando solo, al regresar a la madrugada. Lo peor era cuando había conseguido mantenerse despierta, porque entonces me recibía con un juego de reproches idénticos, siempre iguales, o intercambiables, y una cara atroz de virgen dolorosa embutida en una piyama de muchacho de lo más desestimulante, sin eficacia para salvarnos de la corrupción, y para descontaminar el afecto apestado.

Eres un egoísta. Le decía yo. Y Lucas siempre respondió del mismo modo y con el mismo talante: para las mujeres un hombre egoísta es el que no hace lo que ellas quieren. Lo cual, para ser sincera, me pareció irrefutable, no solo ingenioso, desde cuando se lo oí decir la primera vez. Y por eso me airaba tanto que lo repitiera. Nada nos duele tanto a las mujeres como que nos digan la verdad, y sobre todo una verdad que no nos atrevemos a reconocer y nos negamos a hacer consciente.

Ella poco a poco dejó de sonreír, para no hablar de reír, porque nunca entendía los chistes, por buenos que fueran, por ácidos que fueran. Yo trataba de mantener el buen humor, un adorno del carácter, herencia de mi padre, y a veces le contaba alguna anécdota graciosa, más que por divertirla, pues era imposible penetrar la coraza de ceniza, o por condimentar las sobras del matrimonio con una pizca de sal, porque ya había perdido la esperanza, por descargarme, por desencartarme, como suele decirse, pues sabía bien que un chiste que no se cuenta se nos pudre adentro y puede acabar en un cáncer o provocando una embolia de acuerdo con los sicólogos teóricos. A veces yo tenía alguna fiesta con mis colegas de la publicidad, un gremio frívolo, festivo y trivial, dado a los bullicios sociales, a la cual ella se empeñaba en asistir, y a la que yo debía llevarla al fin, como una carga, no como una compañera de juerga, porque inevitablemente se dormía, tocaran la música que tocaran, a las nueve en punto. Y mientras yacía como una flor marchita entre los cojines del sofá principal del anfitrión, y el jolgorio se extinguía por sustracción de materia, yo me emborrachaba como un cosaco y raspaba la fiesta hasta verle el fondo a la última botella, del pánico que me daba volver a la casa a dormir, ofreciéndonos los traseros, junto a mi princesa descompuesta, mi musa mustia, mi Julieta convertida en otro mueble del ajuar matrimonial, como la nevera o el exprimidor de naranjas. El brillo de la luna de miel era entonces una insensatez trágica sin que supiéramos por qué, a qué horas, o cómo se había metamorfoseado en eso. Y nosotros nos habíamos convertido en dos fantasmas.

Los tiempos que pasábamos en el comedor ilustran mejor la situación. Yo lo obligaba a comer las cosas que más detestaba, pollo hervido (el pollo siempre le supo espantosamente a pollo, según decía), brócolis apanados y las sopas dietéticas de mamá, que yo preparaba con obstinación maniática, aconsejada por la peor de las mujeres de la colección que guardaba en mí misma, o porque en venganza estaba dispuesta a ahorrar como él mandaba. Comíamos mirando al vacío sobre nuestras cabezas, como unos sonámbulos. Yo a veces contaba cosas de mi familia, no tenía nada más que contar, sobre los pormenores de salud de mi hermana la hipocondríaca, sobre mi sobrino que se iba a estudiar a los Estados Unidos, para llenar el silencio opresivo, que indigestaba. Y él ponía los ojos en blanco sin poder evitarlo. Por mi parte, cuando él hacía algún comentario acerca de su trabajo en la agencia, para contrariar el pavor del vacío a su modo, yo respondía con una exclamación, un ah, como el comienzo de un bostezo, o con una alusión al clima que declaraba a la perfección toda la importancia que me merecían las obligaciones que debía cumplir el pobre para llevar la comida de la casa y pagar el arriendo de la casa y los servicios de la casa. Y esas cosas de todas las casas. Ahora me doy cuenta. La palabra casa puede ser una palabra de lo más horrible, de las más funestas implicaciones. Un infierno a medio fuego y alquilado. Eso era la nuestra.

Al fin decidimos separarnos. Fue un octubre, después de una de esas discusiones que algunos matrimonios usan para saludar el día, que se dan con frecuencia en los matrimonios arruinados, y que son las peores porque envenenan el resto de la jornada. Al cabo, yo me atreví a pronunciar en un rapto de inspiración del que habría de arrepentirme, recuerdo bien que me estaba secando los pies antes de ponerme los zapatos: entonces separémonos de una vez, dije, sin mirarla, y pasaba una punta de toalla por las junturas de los dedos, harto de diminutos insultos mezquinos, de silencios escabrosos, desdenes ostentados. Y ella con una expresión indefinible, con un tonito de funeral y con un ademán indescifrable hasta hoy para mí, estuvo de acuerdo conmigo por primera vez en mucho tiempo: eso sería lo mejor. Creo que me estoy embobando con esta vida que pasamos. Esta es una relación malsana, morbosa. Mi mamá me dijo muchas veces que los poetas no son los más aptos de los hombres para llevar un matrimonio, que no me casara con usted, y no le hice caso. Y recogiendo la toalla húmeda que yo acababa de dejar sobre la cama, protestó: cuántas veces le he dicho que no me deje ahí la toalla. Y haciendo sonar los talones en el entablado, tensa la cabeza para parecer más alta, y chispeando los ojos, fue a la ventana, la abrió de un tirón que resonó en la persiana de aluminio y puso el trapo a colgar, lívido, sobre el patio interior del apartamento, y gruñó. Yo me defendí con un carraspeo, como si tratara de pasar por la garganta una medalla de hojalata recién ganada.

Así fue como decidimos separarnos. Él me prometió que no volvería a dormir esa noche. Y a mí me pareció bien que no lo hiciera. Y dijo que iba a mandar por sus libros pronto. Que era lo único que iba a llevarse. Y yo me alegré. Y oí que se iba citando, musitando, los versos reputados de un poeta francés que le gustaba mucho: sucio desdén, único alimento del matrimonio moderno.

Mientras me marchaba, descompuesto, maltratado, con esa desesperación que conocen todos los maridos de este mundo cuando sienten que se dan de bruces contra un muro insensible al cabo de un viaje prometedor en un barco de alfandoque, iba maldiciendo la vida. Tuve ganas de lanzarme entre las ruedas de los automóviles de la avenida frente a la universidad, como cualquier fracasado con un buen sueldo conseguido diciendo mentiras y casado con una loba.

Y sentí el portazo, odio los portazos, y me parece haber sentido algo como una liberación mientras él bajaba las escaleras hacia la calle. Es posible que también advirtiera la espinosa incertidumbre del futuro que nos aguardaba a los dos, y lo que me iba a suceder en castigo por convertir a un esposo en un animal sin sentido de su propia existencia, que ya apenas podía reconocerse cuando se miraba al espejo, tan extraño para sí mismo como si se descubriera de pronto, de la noche a la mañana, llevando una cola de disfraz.

Al salir del edificio de tres pisos, por esos misterios de la vida, tropecé con un viejo amigo a quien no veía hacía más de diez años. Un amigo muy inteligente y muy loco, un hipersensible de quien lo último que había sabido era que estaba dándole la vuelta al mundo después de un divorcio lleno de miserias y líos de abogados y densidades espirituales como las que yo iba sufriendo. Iba hablando solo, fumaba, igual que siempre, entrecerrando los ojos, semiocultos por una gorra de cuero, se desplazaba a zancadas como un camello. Su encuentro me distrajo del pútrido estado interior en que me encontraba, porque me sonrió con el sarcasmo que era su encanto, al notar mi cara de luto, y me preguntó qué me había pasado, y yo le dije que acababa de separarme de mi mujer, escuetamente, como si no fuera una catástrofe del amor, después de todo. Y como pidiera detalles, me explayé en mi desahogo. Y al término de mi memorial de agravios, Hernando Puerto solo dijo, con el cinismo que yo le conocía, y recordaba a pesar de los años, que los matrimonios ya duraban menos que los pañuelos de papel y que como los pañuelos de papel acababan en el vertedero y que los vestidos de boda resistían mejor el tiempo de las polillas en los roperos que el amor que los había cosido con sus agujas ciegas. Se ufanó de su retórica. Yo ya pasé por eso, añadió, triunfalmente. Si me hubieras pedido permiso para casarte no estarías en estas. Y apoyándose en mi hombro secreteó: yo ahora vivo curado del espanto de las mujeres, tranquilo y feliz. Y me contó que estaba probando una empresa en unos pantanales del Chocó, una plantación de cacao, e iniciando una tienda. Y con aire de aventurero curtido, acostumbrado a la procacidad, me dijo, pedagógico: cuando la carne me acosa, mi querido amigo, yo recurro a la única que ahora soporto, a la única que nunca se niega, ni me atosiga ni me hace reproches. A Manuela. Y soltó una bocanada de humo que veló sus dientes despedazados y mostró la palma de la mano derecha. Además, me dijo, necesito un socio. Para la tienda y para construir un depósito donde voy a acopiar los productos de mis vecinos, para después vendérselos a la compañía de chocolates de Tuluá. Es un negocio redondo. Y lo que siguió fue la pena por mi ambición, por creer como creía todavía que existen los negocios redondos, contra lo que me había enseñado un amigo pintor, cuando me dijo que el peor negocio es… cualquier negocio.

Él desapareció un buen tiempo. Y como es natural, comencé a preocuparme. Llamé a la agencia de publicidad y me dijeron que había renunciado. Y pasó octubre y después vino noviembre, y pasó noviembre. Llegué a pensar que quizás le había pasado algo, y me comuniqué con la policía. Pero a la policía no le importó. Y dijeron que a veces los maridos desaparecían un tiempo después de una garrotera doméstica, pero que siempre volvían, según las estadísticas. Mamá me dijo que posiblemente se comunicaría con su familia si le sucedía algo malo. Y, además, que a mí qué me importaba. Estaba iracunda. Sí me importaba. Eso no se le hace a una familia. Desaparecer así es una canallada. Sin explicarse. Sin dejar una nota. Nada. Una maldita señal.

Así emprendí, para mantener alejadas las tentaciones de regresar, un negocio de antioqueño en el culo del mundo, en la hoya del río San Quininí, donde pusimos mi amigo y yo, mientras prosperaba el cacaotal y fructificaban los primeros palos, una tienda para el servicio de los colonos, bandidos enmontados casi todos, con deudas en los juzgados, y fracasados sin remedio, vencidos por las exigencias de la sociedad industrial, y para los indígenas de las comunidades vecinas sobrevivientes en ese agujero del mundo donde siempre estaba lloviendo. El diluvio no había pasado allá después de milenios, perdido el rumbo en esas abras laberínticas, daba vueltas en redondo, sin encontrar la salida ni el modo de calmarse. El cielo era de agua, de un agua persistente y oscura. La tierra, un pantano culebrero, viscoso y caliginoso, que quemaba la cara con sus vahos, y en la sopa caliente habitaban unos gusanos que irradiaban atónitas chispas azules en los crepúsculos de plomo. Todo estaba mojado allá siempre. La humedad se colaba en los maletines cerrados por entre los cierres de cobre e inflaba los libros. A veces, al abrir una camisa, florecía en un jardín de hongos o estaba agujereada por el mal de tierra. Uno allá acaba por olvidar que el sol existe. Y bajo la lluvia imperecedera solo queda un sentimiento: la resignación. Y la luna se convierte en una leyenda increíble. Y las estrellas en hipótesis fragantes.

No me iba a quedar esperando que apareciera. Solíamos pasar vacaciones con mi familia en San Bernardo del Viento. Los niños necesitaban descansar. Además, estaban angustiados por la evaporación repentina de su papá, supongo, porque permanecían sumidos en una perplejidad, en una atonicidad sin preguntas. Y antes de navidad, íbamos rumbo a las cabañas que mis hermanos habían comprado frente a una pequeña bahía, en el carro del mayor que lo quería estrenar. Me sentía relajada, consideraba que había hecho bien desatando el nudo de una unión que andaba renqueando. A veces me cogía un incierto remordimiento y me volvían a la memoria los buenos tiempos del noviazgo y los primeros años de convivir, relativamente felices a pesar de la pobreza. Y me dejaba coger por la nostalgia de las sopas de letras, de los huevos hervidos que alternábamos con los huevos revueltos, y de los espaguetis con atún y pan industrial y de los trajines de andar prestando plata para pagar los servicios y para comprar la leche de los niños y esas cosas. Cuando vivíamos en la casa del poeta Lemos, junto al basurero lleno de ratas, éramos más bellos, supongo, porque nos queríamos o pensábamos que nos queríamos y no nos daba pereza besarnos ni nos abochornaba estar alegres en medio de la inopia soberana.

Le cambiábamos a la clientela el cacao y el maíz que producían por pilas, sal, velas, y sardinas enlatadas. O ese había sido el proyecto. Me sentía como un nuevo Rimbaud entregado a la vida salvaje. En un corral improvisado junto al rancho miserable, criábamos una tribu de gallinas y cuidábamos un gallo imperial que producía gorgoritos de alarma cuando aparecía el gavilán entre las neblinas para que su descendencia implume corriera a refugiarse bajo las alas maternales de las hembras de su harén. Mis amigos me habían prevenido con Hernando. Era un demente, me dijeron. Pero a mí me simpatizaba y no encontraba nada anormal en su locura. Lo conocía muy poco, en verdad. Sin embargo, desde los primeros días pude darme cuenta de la situación en que me había metido. Mi socio era dado a los relatos autobiográficos descabellados. No paraba de contar su vuelta al mundo iniciada con una grave deshidratación en Cartagena producida por no sé qué desarreglo metabólico, y prolongada hasta las cumbres más secretas de los Himalayas. A veces las memorias daban una vuelta por Jerusalén o París y el personaje pasaba una temporada cosechando uvas en las antiguas tierras de los cátaros, pero siempre regresaba a Cartagena, para volver a empezar, con el cuento del dedo gordo del pie derecho que le supuraba. A veces añadía al relato una mujer que había olvidado y en cuyo recuerdo se enfrascaba demorándose, incorporando cantidades industriales de café negro de la olleta abollada, chupando el cigarrillo como si fuera un tetero, ensimismado en su cara de santo. Hay una pelea en un barco que transportaba venenos agroindustriales hasta la India, y resulta en un montón de marineros acuchillados. Hay una cárcel, de la cual consiguen escapar dos colombianos que lo llevan con él, porque su destino está marcado por el hallazgo de lo supremo. La cháchara insistente, repetida, mejorada con correcciones exhaustivas, le hacía la segunda al aguacero. Y cuando se cansaba de la literatura de viajes, de deshacer las andadas del capitán de su majestad de Inglaterra, Richard Burton, y del ruso Gurdjieff, llegaba lo que yo no le desearía a mi peor enemigo. Las clases magistrales de filosofía moderna. Entonces el hombre la emprendía con el pobre Sigmund Freud, subrayando que no era antisemita, porque sabía que yo estaba leyendo su obra sobre el chiste y su relación con el inconsciente, denigraba de Fernando González de quien sabía que había sido mi tierno amigo, y le echaba los perros del odio a Carlos Marx desde que advirtió que yo llevaba en el maletín la autobiografía de León Trotski. Con mucha frecuencia el crítico literario y filosófico, que además era irrefutable, y convertía las objeciones que yo a veces me permitía tímidamente en ofensas personales, extendía sus elucubraciones hasta el amanecer del día siguiente: porque también hablaba dormido, disertaba, discutía, peroraba, perorizaba. El hecho más lamentable por su propia índole material, es que pronto mi socio consumió mi aporte al capital de la empresa en un montón de asuntos personales. Canceló unas deudas viejas con el farmaceuta del pueblo lejano, se arregló los dientes que había perdido en un accidente de camión en Yugoeslavia, lo mejor que pudo hacer el tegua de El Naranjal, y aperó con lujo el único caballo que teníamos, un caballo que adoraba con unción religiosa y a quien había nombrado Jehová, aunque no era más que un táparo con el lomo ulcerado, cuyas llagas él trataba con emplastos de barro caliente según había aprendido en un libro sobre la medicina gnóstica de Samael Aum Weor. Le compró silla nueva, estribos de cobre, cabezal y un freno más dulce. La cháchara era obligatoria. No había manera de eximirse. El rancho que compartíamos era diminuto, un espacio de cuatro metros cuadrados, a lo más, y afuera siempre estaba cayendo el mismo aguacero, que me hacía sentirme preso en una cárcel con barrotes de agua. Negro. Inclemente. Tibio. El aguacero. Porque era un solo aguacero desde que llegué hasta que conseguí liberarme de mi adorable maniático. Adorable. Es la palabra. A pesar de todo. Yo le sigo teniendo cariño. Por algún componente masoquista de mi personalidad intrincada.

Lucas me contó, para que le perdonara la ausencia tal vez, o para hacerme sentir culpable y atraparme en mi arrepentimiento como en una jaula, lo que lo había hecho sufrir su amigo. Y juró que había hecho el sacrificio por nosotros, por mí, y por los niños, pues había puesto mucha fe en los nuevos cultivos chocoanos de cacao y en las oportunidades del comercio. Por eso, por nosotros, había aguantado el embrollo de la charla caudalosa, la verbigeración vibrante, que Puerto solo interrumpía por momentos infinitesimales, para echarse otro trago de café entre el pecho y la espalda caquéxicos y chupar el cigarrillo, de modo que hablaba como el Padre Eterno, envuelto en nubes de humo, y como un emperador de Abisinia impregnado de aromas africanos. Al comienzo incluso fueron interesantes las lecciones de geografía e historia económica, sus reseñas sobre las costumbres de los malayos, y sobre lo que pasaba en los bares latinoamericanos de París entre los refugiados políticos de Chile y Argentina, y los rodeos románticos para hablar, por ejemplo, de algún amor fugaz del poeta judeoargentino Leocadio Satz, que se enroló en el servicio de inteligencia del Estado de Israel y lo echaron al otro día porque para impresionar a una muchacha le contó lo que hacía. Ella también trabajaba para el espionaje judío y la enviaron para probar su resistencia y su capacidad para guardar secretos de Estado. Pero la pugnacidad, y la conciencia que quizás tenía de que Lucas era su prisionero, porque era imposible salir solo de esa cuchilla entre ríos encrespados, despertó en su amigo los peores instintos del sádico, contra los que ya había sido prevenido, de modo que rebuscaba en el conocimiento que tenía de Lucas, los puntos flacos, aquellos puntos por donde sabía que conseguiría irritarlo peor. A veces, haciendo de tripas corazón, Lucas se decidía por el aguacero, y se refugiaba bajo un arbusto de enormes hojas para descansar de los discursos y las teologías aprendidas y asimiladas por su amigo con un gurú de la India que encontró en Francia. El recuerdo del gurú lo exaltaba. Entonces se explayaba hablando sobre el yo auténtico, que no es el ego, y explicaba en qué consistían sus diferencias, y sobre el yo falso que se parece tanto al ego, pero que no es otra cosa que la vanidad, y terminaba explicando la realidad del testigo de todo, del testigo de los yoes y los egos, que es lo único que importa y lo único que quizás nos sobrevive. Ah. Su apología de Lin Yutang, la única veneración intelectual que le quedaba y cuya casa de vidrio rodeada de rosas había conocido en una visita a Nueva York, no era lo más fácil de aguantar en las teosofías del loco Puerto, y en el cúmulo de sus experiencias. Yo lo habría de conocer más tarde. Era un hombre tierno. Creo que su familia le compró ese cacaotal incipiente, en las lindes del mundo con la nada, para librarse de él. Fue lo que saqué en conclusión.

Al fin, el aburrimiento al lado de mi mujer me pareció el paraíso comparado con la exasperación que me producía la charla hipercrítica e hiperactiva de mi histérico socio, poseído por la desazón de comunicar algo que no conseguía explicar, aunque hablaba y hablaba y hablaba. Y al fin le propuse el mejor negocio que podíamos hacer en nuestras vidas encontradas. Estábamos en paz. Nada me debía. Podía quedarse con mi dinero. Siempre que me ayudara a regresar a mi casa abandonada, al lado de mi mujer y mis hijos. Para eso necesitaba, sobre todo, imperativamente, que me prestara a Jehová. No fue fácil convencerlo. El animal, dijo, estaba muy magullado todavía después del último viaje a El Naranjal. Y dónde se lo iba dejar. Yo le pagaría la caballeriza y lo dejaría a cargo del farmaceuta. Pero Puerto se resistió. Hasta que lo amenacé con denunciarlo por abuso de confianza. Entonces cedió y dijo que me acompañaría. Supongo que le resultaba cómodo tener cerca un par de orejas ajenas para depositar el poderoso desorden de sus ideas y el caos de su vida.

Cuando regresó a la ciudad yo andaba todavía en mis vacaciones. Y como estaba de ese ánimo cuando partimos, había cambiado las cerraduras del apartamento. De modo que no le quedó más remedio que esperar mi regreso alojado en un hotelito de mala muerte del centro, porque había botado sus ahorros en el montaje de la tienda en el vacío. Llegué en febrero cuando estaban ya por abrir el colegio de los niños. Y cuando nos encontramos, me dijo con un hilo de voz lo arrepentido que estaba. Y me pidió que lo perdonara. Pero yo estaba decidida a dejar las cosas de ese tamaño. Lo único que deseaba era vivir sola y además le había echado el ojo a un muchacho ceramista que tenía su taller cerca del almacén de lencería, al que le había añadido la línea de los animales de felpa que jamás pasan de moda como la ternura, haga el mundo lo que haga.

Hablamos sentados en mis muebles, pero en el que ahora era su apartamento. Hice una inspección a vuelo de pájaro del lugar bien conocido y ahora enajenado y vi que habían cambiado la disposición del dormitorio y habían arrumado mis libros en cajas de cartón en el cuarto del servicio detrás de la puerta del lavadero. Me inquietó un olor ajeno en el ambiente. Quizás de otro macho. Me invitó a un té ahumado con tostadas industriales. Yo le pedí, si tenía, un café. Pero ya no se tomaba café en esa casa, las costumbres habían evolucionado en mi ausencia. Me quedó claro, cuando me dijo, con frialdad, aquí el único que tomaba café era usted. Qué risa. Dije yo. Y qué crueldad para decir las cosas.

Algo sucedió en mí, lejos, en las geografías del alma y la memoria. Claro que no olvidaba los buenos tiempos del amor. Pero no sabía si querría repetirlos, ni siquiera si era posible. Me estaba enamorando de mi ceramista. Un enano con una enorme cabeza que hubiera hecho las delicias de Lombroso, me dijo Lucas cuando lo conoció, pero yo le tenía cariño, con protuberancias frontales y todo. Me irritó mucho que me hubiera preguntado por un libro de pornografía barata que me había prestado una amiga, una bruja llamada Leonor, una solterona que andaba detrás de mi hermano mayor, una que se masturbaba leyendo literatura barata, y quería inducirme a un vicio que yo jamás había practicado, porque prefería bailar. Y usted por qué anda metiendo la mano debajo de mi almohada. Le increpé. Tuve ganas de sacarle los ojos. Y él dijo, dócilmente, con una docilidad ofensiva, que había querido recuperar el olor de mi cuerpo en mi cama. Por poco me saca de quicio. Detesté su debilidad. Sus moqueos. Él decía que le estaban naciendo escamas en la espalda.

Sentí que la necesitaba. Esa noche en la cama alquilada del hotel donde me quedaba pensé en nosotros, en los niños, y me sentí morir. Mi vida había parado en un abismo de miedos. En un túnel de sombras. No podía dormir si no me empacaba antes una botella de vodka. No podía comer, porque se me cerró el gaznate. La lengua se me puso negra por la avitaminosis. Los médicos diagnosticaron un cáncer. La llamé de mañana, le rogué que me salvara, que no se hiciera culpable de la muerte del padre de sus hijos, pero ella, con la frialdad de una zarina rusa, me dijo que podía morirme si me daba la gana. Cuando la llamaba estaba siempre de salida, y no sabía cuándo podría recibirme. Me dijo que había conseguido un trabajo porque el almacén estaba en quiebra ya antes de irse de vacaciones, y los animales de felpa tampoco se vendían como había esperado. Me sentí como un guante. Como un caracol aplastado. Me pareció que me estaba creciendo la cola de los condenados al infierno. Ella dijo, más tarde, que así parecía.

Siguió llamando, pero yo también seguí en mis trece. La verdad es que me estaba divirtiendo con mi ceramista. Y los ruegos no hacían más que apartarlo de mi interés. Hoy no tengo tiempo, hoy no tengo tiempo, era el estribillo de mi canción negativa. Me desconocía a mí misma. Antes, un tiempo, disfrutaba su desgarramiento, ahora su dolor me hartaba como un dramón malo al que estaba obligada a asistir. Él me propuso que lo invitara otra vez a mi té ahumado. Le dije que tal vez otro día. Que dejáramos pasar el tiempo a ver lo que iba pasando. Estaba cayendo en el peor error de los maridos desahuciados. El asedio. Las mujeres somos así.

Empecé a rondarla como un asesino. Muchas noches amanecía frente al apartamento muriéndome de amor y de frío. Veía ondular su sombra detrás de las cortinas. Entraba en la cocina, el dormitorio, la sala, el comedor, seguía su espectro, con los ojos del alma, noches interminables. Ni siquiera los niños que amaba me importaban tanto. Y cuando apagaba la luz seguía sentado frente al edificio, vigilando su sueño hasta el despuntar del sol. Cuando tocaba, a la madrugada, ella abría la puerta, poniendo cara de sorpresa y me permitía desayunar con los niños y dejaba que los llevara hasta el paradero del bus del colegio. Y en vez de compadecer mi aspecto trasnochado, me conminaba a marcharme enseguida. Ya vio a los niños. Ahora, a la mierda. Un día le mandé un ramo de flores magníficas por la mañana. Y por la tarde la llamé con la disculpa de un libro que necesitaba, esperanzado en que el efecto de mis rosas me abriría las puertas cerradas de su corazón. Me dejó entrar, quizás tan solo para que las viera en el tacho de la basura de la cocina, ridículamente hermosas, trágicamente arrojadas entre unos hollejos de papa. Y entonces me rogó que retirara mis cosas cuanto antes porque necesitaba espacio. Y si reconsideramos todas las cosas, gimoteé, mirándola con un ojo y lamentando mis agonizantes rosas con el otro. Y si nos damos una segunda oportunidad, después de una hermosa, larga relación, después de un noviazgo tan bonito, después de dos hijos tan bellos. Pero ella había decidido para siempre. Le escribí cartas y cartas. Cartas de rabia, de ternura, de promesas, de recuerdos, de autocompasión. Me pidió que por el amor de Dios dejáramos descansar al cartero que quizás tendría cosas más importantes por hacer. Y al fin dejó de contestar al teléfono también. Yo estaba enloqueciendo. La lengua cada día estaba más negra, como la lengua de un zapato. Me ardía el paladar. Las encías comenzaron a sangrarme. Traté de rebajarla, de acordarme de que a veces tenía las orejas llenas de cerumen por la mañana, de sus reglas doloridas que le agriaban el genio, de sus charlas tan sosas sobre su familia, que era su único tema. Pero…

Era una mentira con faldas y yo no sabía. Mucho más tarde vine a darme cuenta de que no le había dicho mi verdadero nombre cuando lo conocí y que él solo vino a descubrir cómo me llamaba cuando ya nos habíamos casado, y que le había mentido sobre mi abuelo, sobre su profesión y su apellido, y hasta en la fecha de mi nacimiento. No sé por qué fui así, soy así. Tal vez no solo mentía, sino que me gustaba meterme en una vida inventada que además sabía hacer mía sin remordimiento. Pero en fin. Todos tenemos un misterio y ese es el mío. Vivir una vida superpuesta a la que me tocó. Y la gente nunca pudo ponerse de acuerdo sobre el color de mis ojos que cambia con la hora. El hecho es que me espiaba. Cuando iba a la casa, se ponía a dar vueltas como un sabueso, husmeándolo todo. Tendría algo de brujo. Porque se las arreglaba para encontrar las tarjetas que me escribían mis novios. El ceramista. Y el otro que tuve, un epiléptico que hacía derretir a todas las mujeres insensatas de la izquierda exquisita, uno que se dedicaba al secuestro y al asalto de bancos de barrio popular y guardaba los botines entre las cosas de los niños. Creí que íbamos a perder la razón. Yo de rabia de tener que aguantarme sus celos. Y él de desamparo.

Un día volvió, después de ausentarse una semana, e iba a estampillarle la puerta en la cara, pero él puso la cuña del pie, como un ladrón…

… y la obligué a que me recibiera. Y le dije mi última palabra: iba a suicidarme. Pero antes iba a incendiar la casa. Y el mundo, hasta el África. Probé la ternura, las lágrimas, ira, tristeza, ruegos, promesas y más promesas. Y acabé por caer en esa amenaza pueril de la aniquilación. De la que ahora me avergüenzo. Tantas tonterías por una enana capaz de tirar esas rosas tan bellas y raras y de decirme en la cara que la poesía no se come. Es obvio que no se come. Pero hay muchas cosas importantes en esta vida que no se comen y que también nos alimentan necesariamente.

Un lunes, el apartamento estaba abierto por la gracia de Dios. O del Diablo. Al entrar, sigiloso, oí correr el agua en el baño. Abrí con cautela la puerta. Y la contemplé un largo rato, mientras se enjabonaba y hasta bonita me pareció con el horrible gorro de plástico detrás del vidrio ahumado de la celosía. Me demoré mirándola, en silencio, conteniendo la respiración. Cuando por fin hablé, hola, se sobresaltó y el jabón escapó de sus manos de un salto como un perfumado sapo blanco. Y chilló. Ya era el colmo, gritó con voz desapacible… y entonces tuve la ocurrencia. Si me dejas hacerte el amor, te pagaré… Y dije una cifra de los tiempos. Ella golpeó el vidrio con la mano furiosa. Estoy desesperada. Dijo a punto de ponerse a llorar. Ni en el baño me deja tranquila. Voy a llamar a la policía, aullaba, voy a llamar a la policía. Pero no la tomé en serio, sabiendo que siempre estaba diciendo mentiras, aunque sonaran a verdades. Y subí la cifra. Y la seguí subiendo. Y mientras ella protestaba yo subía el precio muriéndome de deseo por ella, no sé, o esperando que si me daba la oportunidad de penetrarla reemprenderíamos juntos el viaje interrumpido del amor. Hasta que la cifra dejó de ser desdeñable. Para ambos. A mí no me importó, dispuesto a hipotecarme con el mismo Patas por volver a habitar el coño de mi Venus provinciana. Pero ella enmudeció, con un silencio largo, meditativo, y cayó, como yo esperaba. Desplazó la puerta corrediza. Venga pues, dijo, con tono de sargento, primero, y después de gata garosa, y yo ya estaba en cueros. Apartó las piernas. Enarbolé la espada, la acometí por debajo, la levanté victorioso. Pero, haya sido por la tensión del regateo, por la abstinencia, o de tanto soñar con ese momento, me disparé a destiempo, justo al entrar. Y entonces supe que hasta allí llegaban mis esperanzas de reconquista. Me sequé avergonzado el apéndice viril convertido repentinamente en una cosa de trapo. Me vestí de prisa, derrotado, me sentí como un saco vacío. Dejé en la jabonera del lavamanos la paga. Y desaparecí sin un adiós, compensando el fracaso con el sentimiento vengativo de haberla rebajado a puta.

Una empresa especializada recogió sus libros quince días más tarde. Hoy somos apenas dos amigos lejanos. Ah. Olvidaba decirte que me llamo Lucía. Pero la verdad, no sé cómo me llamo a estas alturas. Ni si él se llamaba Lucas. Voy a prepararte un café. O si prefieres el té ahumado…

REVISTA SOHO, 2006

Mis días
en el
seminario

Como vos bien sabés, fui un niño tan anormal que primero quise ser santo. Así como suena: un santo. En un nicho dorado en los altares, con una aureola de oricalco en las sienes, en medio de cirios encendidos y azucenas recién cortadas, a cuyas plantas se arrodillaran las beatas con sus sucios exvoto Tal vez había un tris de orgullo en mi desmedido afán de ganar un sitio de primera fila en la radiante corte celestial, cuando todos mis compañeritos obedecían a paradigmas más alcanzables y modestos: ser toreros igual que Luis Miguel Dominguín, poderosos como Supermán, más veloces que Ramón Hoyos. Si mi ambición pecaba, nunca se me hizo consciente. Ni sospeché que detrás de mi deseo se escondía la vanidad venenosa. De cualquier modo, el muchachito tímido que fui, retraído, silencioso, y en los huesos, a quien apenas percibían las balanzas de los pediatras, y con visos de mamasantos, paró cuan flaco era en un seminario de misiones antes de cumplir la primera decena de sus aburridos años consagrados a coleccionar registros, a leer vidas de santos estrambóticos y a ensoñar en un cielo eterno y azul animado con músicas de arpas.

No sé si mis parientes, mis padres en primer lugar, se tragaron el cuento de mis efusiones místicas, demasiado ostentosas además, me parece ahora.

O si querían librarse de mi vientre sin fondo. En la pobreza peliaguda que pasábamos, un estómago menos era una ganancia. Mis padres debieron echar cuentas. Y descubrieron que mi enclaustramiento representaba un desahogo, aun contando con los esfuerzos pecuniarios para reunirme el ajuar: el baúl de hojalata con cerradura de cobre, la docena de calzoncillos de manga, las medias negras del seminarista que cubren las rodillas, los juegos de cama y las toallas marcadas con tinta china, el crucificado de peltre, el bonete, el roquete con encajes, una edición canónica de los cuatro evangelios. Y la sotana.

Vos debés recordar. El palo no estaba para cucharas. La sotana costaba un dineral. Es decir, una sotana auténtica con forro, con escondrijos interiores para albergar el alma y algún piojo inquieto, hombreras, y los dos profundos bolsillos laterales. Siempre me había parecido que el mayor privilegio de los hombres de iglesia eran los bolsillos abisales de las sotanas donde cabía el brazo hasta el codo. Vos recordás mejor. Mi ingreso en el seminario estuvo a punto de frustrarse a causa del costo del bendito indumento de abotonadura innumerable. Hasta cuando alguien tuvo la idea peregrina, y facilista, de conseguir en una sacristía amiga una sotana de monaguillo de regalo. Una sotana de monaguillo. Imaginate. Tan distinta de las auténticas sotanas de los santos y del párroco. Y eso hicieron. Tiñeron una sotana roja de acólito de trama basta. Y estuve listo para emprender mi camino a la beatitud revestido de falso cuervo.

Debo confesarte. Mi decepción fue inmensa, aunque faltaba a la humildad, virtud de la cual había dado múltiples y notorias muestras en el seno de la piadosa familia, y en el díscolo vecindario, cuando me presentaron el costal de paño crudo tan diferente de una sotana de veras. Un ángel se desinfló dentro de mí como un globo ante el andrajo desabrido. Pero disfracé el silbido de desconsuelo con una exclamación de júbilo.

Por fin, con alegría creciente, aunque siempre relativa, se entiende, acepté que esa sería mi sotana ya que no había otro remedio. Al fin y al cabo una sotana no es más que una apariencia. El devorador de apologías de santos sabía de sobra que una santidad de buena ley se adquiere por una cadena de renuncias y penalidades. El seminario consistía en un enredo de pabellones en la cresta de una sierra de esterilidad desoladora. Las nubes bajas aumentaban la tristeza del lugar. Llegué allá un enero color de burro, tan deprimente, que tan solo la decisión íntima y cultivada por años de hacerme a un lugar en el sancta sanctórum de la iglesia de Pedro, consoló mis lágrimas tragadas, comprensibles a esa edad temprana en ese páramo. Mis compañeros conformaban un tumulto maloliente de ojos melancólicos, intoxicados por las ansias de perfección. Y me recibieron con miradas lastimeras. No tanto, pienso ahora, por la desgalichada sotana que cubría esos huesos. Sino por lo que les estaba sucediendo a ellos mismos por dentro, es decir, si experimentaban lo mismo que yo: el frío de las tumbas en pleno corazón.

La vida de religión, vos sabés, es una negación singular, metáfora de la muerte. Una muerte consentida. Es la reinvención radical del ser, la resignación de la máscara que usamos por los vericuetos del mundo, el demonio al acecho, y las locuras de la carne siempre servidas.

Nunca me acostumbré a la misérrima sotana. Me acuerdo. Y agradezco que mis condiscípulos, conocedores de las normas de la caridad, me ahorraran los comentarios sobre la falta de garbo de mi atuendo de recogido. Claro, tenía el desquite del bonete. Herencia de mi tío el presbítero, era un bonete en toda la línea. A pesar del defecto de la borla rebelde que nunca conseguí fijar valido del costurero que puso mi madre en el ajuar de su pichón de cura.

Era mi lujo. Yo lo plegaba con cuidado después de usarlo y lo ponía en el fondo del baúl como un tesoro. Yo lo cepillaba los sábados como a un ser vivo. El bonete me ayudó a sentirme digno del ministerio misionero en aquel desierto del espíritu donde la sotana me procuraba el aspecto de un muerto prematuro.

A los seminaristas se nos acostumbraba al ejercicio físico intenso. Por higiene. Y para hacernos llevaderas las cargas de la castidad. Para mantener la salud. Y para templar los nervios contra la lujuria adolescente que cuenta con tantos atajos.

Jueves y sábados nos arrastraban a las montañas cercanas, lloviera o hiciera sol, al fin de cuentas éramos soldados de Cristo, obligándonos a trepar las breñas y a vadear los arroyos que bajaban del páramo. A mí, en mi rareza, me gustaban más las horas de la biblioteca y los ensayos del canto gregoriano en el coro de la capilla que las caminatas interminables. Y, sobre todo, porque comencé a darme cuenta de los cambios que obraban en la sotana: en el ruedo los pastos mordían con sus dientes verdes el negro secundario para dejar a la vista el rojo original de la sotana de un monaguillo anónimo de mi talla; y las torrenteras de los aguaceros cobraron lo suyo en los hombros y la espalda.

Nunca me sentí tan infeliz como en esa sotana de impostor. Después, cuando aprendí el cinismo para defenderme de las desventajas de la existencia, me asombró no haber extraído un símbolo de futuro del deslustre progresivo de la prenda destiñéndose, no haber pensado por ejemplo que su metamorfosis no era una desgracia, y que me auguraba un puesto en el senil colegio cardenalicio. Aunque fuera una quimera, habría sufrido menos.

Siempre sucede. De pronto ocurrió una cosa buena. Cuando la sotana colapsaba, además comenzó a deformarse, y a deshacerse de los botones de los pútridos ojales, llegaron como una bendición las vacaciones de fin de año.

Acordate. Para el segundo año mis padres me habían prometido una sotana como la que yo quería tanto como la perfección cristiana. En efecto, mi padre dejó el lecho de enfermo, volvió a trabajar, la familia recuperó el esplendor de su clase, y me compraron la sotana que mis méritos merecían.

Una sotana olorosa a nuevo. Con su peso específico. Hombreras. Puños dobles para guardar el pañuelo de los catarros. Bolsillos hondos. Y el pequeño bolsillo del rosario en la cintura. Pero entonces, al mismo tiempo, se me cruzó el diablo en el camino hacia el Dios de Moisés y los patriarcas. Y se me cansaron las ganas de ser canonizado en una misa de aparato, con Te Deum para dos coros y orquesta y fiesta nacional por decreto y cambió el rumbo de mi vida. Y dejé atrás el seminario, y la sotana nueva que había costado un dineral en el fondo de ropas de los seminaristas sin medios, para que un seminarista del porvenir no tuviera que pasar por las desazones que pasé.

De regreso al hogar sentí una inmensa compasión por la vieja sotana de monaguillo. Mis hermanos usaban los jirones del lírico, pardo ya, traje talar, que me avergonzó tanto, para limpiarse las porquerías de los zapatos antes de irse al colegio. Yo no iba al colegio. Yo me quedaba en casa contra la voluntad de mis padres. Escribiendo versos y versos. Pues ahora se me había metido en la cabeza convertirme en un genio. En un émulo de la gloria de Víctor Hugo. Ya que había fracasado en los enredos de espinas de la santidad.

No siempre sucede como uno quiere. Por las sonoras cascadas de alejandrinos de mis parodias de Víctor Hugo, en vez de subir, bajé. Y acabé sumido primero en los lodazales de los poetas malditos atraído por los aromas del hashish y el tintineo de las rimas de los parnasianos, y después en la bohemia sin métrica ni esperanza posible de las vanguardias del desquiciado siglo XXI. Es decir, convertido en un santo al revés.

Vos sabés como yo a qué sabe eso. Lo que significa. En males como en bienes. En liberaciones. En servidumbres.

Ahora, en medio de los escándalos recurrentes de pederastia de curas y obispos que salpican al propio Papa, me pregunto, con la autoestima maltratada hasta cierto punto, pero indemne, por qué jamás me acosaron a mí en el seminario los confesores, los directores espirituales, el prefecto de disciplina, ni el ecónomo. ¿Sería tan poco atractivo? Y para dejar a salvo el amor propio, me digo que tal vez la sotana lánguida me libró de sus agasajos, abrazos, coqueteos y abusos. Tal vez, me digo, mi pueril belleza pasó disimulada entre los peligros de las malas costumbres, envuelta en el hábito deplorable de la sotana de un querubín pobre.

ENSAYOS E INTENTOS, 2001

El cerdo
de mi
vecino

Cuando despresó a su cerdo, como un artista moderno, en un montón de pedazos desconectados, con la perfección y la alegría que ponen los paranoicos en sus trabajos, y repartió los trozos sobre los poyos de la cocina y las mesas preparadas, y colgó como banderas las tripas en los alambres de su patio, empecé a sentir este miedo de mi vecino. Me produce este espanto la amabilidad que a veces derrocha al saludarme.

Me apresuro a extenderle mi mano, adulón, para estar seguro de que no trae en la suya el artero cuchillo que le sirvió para perforar el pobre marrano.

Y le sonrío. Para mostrarle los dientes.

Y que entienda que yo también tengo con qué defenderme. No por expresarle la buena voluntad que ya no me inspira.

Algo se quebró entre nosotros desde que lo vi apuñalar sin asco al mismo que había alimentado con esmero, con lo mejor de su basura de tubérculos y tusas de mazorcas. Para el que construyó el corral agradable donde no golpeaba el viento, con un chorro de agua fresca en cuya instalación ayudó a su jardinero con sus propias manos.

Jamás olvidaré los gritos de la criatura áspera, cuya sonrisa cambió mi vecino por el rictus de la impotencia de una víctima de una traición inesperada. Y le encimó una cómica manzana entre los dientes, para completar la impiedad y la burla.

Ya no voy a olvidar el gesto de decepción en la trompa del inocente cochino, dorado por las artes de culinario del suegro de mi vecino, de poco fiar también. Cómo pataleaba contra el cielo el pesado cuadrúpedo. Cómo berreaba por la clemencia de un día mientras mi vecino escarbaba en su corazón engordado adrede. Un chorro de sangre negra y caliente saltó de la herida bajo la punta de su cuchillo de acero perfeccionado en el esmeril como un poema de Petrarca.

Jamás sospeché que mi vecino poseyera esas aptitudes para matar como un experto.

No puedo marchar a los tambores de mi vecino fabricados con las vejigas templadas de sus amistades. Nadie puede guardar nada honorable en una bolsa hecha con el pellejo de un amigo. Cómo entenderse con alguien que muestra con orgullo una fotografía tomada en el chiquero, un minuto antes de poner bocarriba a su huésped en el altar de piedras de su finca sembrada de durazneros y rosales.

Me hacen falta para ser feliz los gruñidos de bajo de la trompa rastrera, la meditación de su música, la seriedad del cerdo mientras reburujaba como un filósofo bajo las apariencias. Su manera ejemplar de comer con la resignación, el agradecimiento y la honradez de uno para nada más nacido, sin otras ilusiones que gozar de su pantano. Pesa la ausencia de su beso en el suelo húmedo como si hozara en un cielo de estrellas descompuestas. Lo entristece todo el recuerdo de la mirada de sus ojos grises, llena de preguntas sepultadas en densas capas de empellas, capones y papadas.

Hay un aire trágico en el chiquero. Un fantasma golpea la puerta oxidada. El cielo reclama la sangre sacrificial. Mi vecino se negó a pagar el tributo debido a la naturaleza que sustentó sus jamones y la guardó en vasijas el avaro, para embutir morcillas con el mismo arroz que hizo parte del rito de su boda.

El silencio de cargos chorrea sobre mi vecino, bellaco empedernido, capaz de regalar su gula de cumpleaños con las lonjas de un prójimo. Y sigue tan campante. Ya sé lo que significa traicionar. Mejor que cuando leí Macbeth.

Mi vecino no es el mismo para mí. Hasta su sombra ha cambiado después de matar al que cuidaba, por el que se preocupó con sinceridad evidente. He dejado de creer del todo en sus palabras de afecto. Cómo estás, me pregunta. Y me echo a temblar de miedo de ser encontrado a punto para el juicio ridículo y el grave holocausto.

No puedo poner una cruz en un chiquero ajeno. Entonces, celebro con este epitafio la memoria del justo, el recuerdo del que mimaron como a un hijo, sabiendo para qué lo querían, que estaba invitado a una fiesta desdichada, que tenía los días contados. Y que no mereció siquiera la gracia de una fosa decente. Porque lo sembraron en las fetideces del vientre apestoso, lleno de pliegues de dobles intenciones, de mi vecino, su rubia, robusta y ruidosa mujer, y su melindroso suegro y sus hijos. Y lo privaron del privilegio de reposar en el seno de la tierra y descomponerse en paz.

Pues después de ser repartido como una túnica y devorarlo a dos carrillos, lo bautizaron con ron póstumo y con galones de cerveza. Y quién descansa cuando su tumba canta, repite sandeces como una loca, cuenta chistes obscenos entre hipos y eructos, golpea el mundo como una piedra y rueda por el piso sin nobleza. Era como si buscaran, los corrompidos, aturdir en alcohol el remordimiento, el sentimiento de la negra ingratitud.

Tengo suficientes motivos para recelar de mi vecino. Para escurrirle el bulto a sus halagos. Si no fue fiel con el que trajo a su granja de brazos, cuando era un bebé de pelambre rojiza y ralas pestañas de puntas cenicientas y además le costó dinero, no tiene por qué ser diáfano conmigo cuando me agasaja. También acariciaba el lomo del otro con generosidad. Ya sé que sus ternuras pueden pervertirse sin aviso.

Si toca, díganle que no estoy. Esperaré debajo de esta cama hasta que se vaya. Ayer me dijo con aire indescifrable:

-Te ves saludable estos días.

Y agregó, cantarino:

-Veo que estás aumentando de peso.

Y temo que venga de un momento a otro con su cuchillo.

REVISTA SOHO, 2010

Mi mamá
y yo

Mamá tenía los ojos indefinibles. Y se llamaba Elisa. Fue una mujer admirable para todos los que la conocieron. Inspiraba cariño y respeto. Pero por alguna razón a mí mamá no me simpatizaba. Ese fue el secreto sombrío que marcó mi infancia con mis rarezas. Mamá me enseñó a leer, a rezar, la primera canción. Y, sin embargo, mamá no me gustaba. Una vez, me acuerdo, mientras amamantaba a uno de mis hermanos, mamá hacía niños con asombrosa facilidad, como una fastidiosa costumbre, el cobertor de dulceabrigo resbaló de sus hombros. Y vi sus tetas como dos lunas azules. Y el volcán del pezón chorreaba en la boca de morcilla reventada de mi nuevo hermanito.

Mamá debió sentir vergüenza. Porque se cubrió aprisa. Eso me molestaba de mamá. Sobre todo.

El puritanismo, el miedo de la desnudez, la incansable inquietud por la vida sexual de sus hijos, el espionaje que ejercía sobre nosotros en el baño, la cama, la comunidad. Claro. Mamá debió ser una mujer maravillosa. Como decían todos. Y, sin embargo, a mí me molestaba.

Sus rabietas de juventud rayanas en la histeria cuando pedía rayos al cielo y a la tierra que se la tragara. Debidas tal vez a la incuria de mi padre, tan conservador y católico. A tu papá todo le gustaba rapidito. Me dijo una vez mamá. Y la manera de toser que nos imponía cuando estaba disgustada. Y los suspiros de sus resignaciones. Y esa manía de parir muchachitos, muchachitos y muchachitos.

Sí. Debí admirar a mamá como hacen casi todos en este mundo. Pero algo me impidió quererla por completo, como quizás lo merecía.

Ah. Y esa odiosa obsesión de mamá por el dinero. Era imposible sisar con ella. Llevaba las cuentas con una claridad perturbadora. Aunque había recibido una educación precaria, mamá contaba el menor centavo en aquellos tiempos de las monedas de centavo.

Pero había algo más repelente en la personalidad de mamá: el maldito sentido común que esgrimía para hacernos entender este mundo. Mamá tenía algo de matrona judía. Pero le molestaba que se lo recordara. Es sospechoso de cualquier manera, en una mujer natural de Salgar llamada Elisa, aunque fuera la hermana menor de seis, o siete, o fueron ocho monjas, que cuando papá se precipitaba en sus crisis periódicas (cuando mamá se largó un tiempo del lado de mi insufrible padre con su reguero de hijos hizo lo propio), a mamá tan solo se le ocurría abrir una panadería para sobrevivir por su cuenta. Y a veces mezclaba el pan con las telas y la venta de botones por docenas. Cómo no. Debí querer a mamá, eficiente y rígida. Con esa fe en el trabajo y la certeza de que había que conservar el crédito ante todo.

Y, sin embargo, yo no me tragaba a mamá. Sí, debía respetarla, como hacían todos. Y la admiraba. Y sobre todo por haber sido capaz de aguantar la melancolía galopante de mi padre y sus caprichos de monarca. Y los demonios de poeta maldito del mayor de sus hijos varones, es decir, de mi adolescencia peliaguada que la avergonzaron tanto.

Mamá a veces tomaba decisiones heroicas. Papá sufrió una crisis nerviosa a causa del exceso de trabajo. En la cura en una clínica de aprendices borrachos le partieron la espina dorsal en siete pedazos iguales durante una sesión de choques de insulina, aquellos tiempos bárbaros de la siquiatría antioqueña. Entonces, mamá se largó a Bogotá con lo que salvó de los abogados de la magra indemnización, alquiló un apartamento de primer piso en la avenida Uruguay, calle treintaidós, compró el instrumental de segunda de un salón de belleza que ofrecían en un aviso clasificado. Y abrió su flamante Salón de Belleza Miami. Aún persisten en la fachada del edificio bogotano los chazos del aviso luminoso de neón, en letras manuscritas azules y una palmerita borracha cabecea en mi recuerdo. Padre no puede moverse. Vestido de yeso. Mientras mamá, después de un aprendizaje superficial en el establecimiento de una prima suya, trata de sacar adelante al marido inerte y la media docena de hijos en que había gastado su juventud. El salón de belleza Miami atrajo a una clientela inesperada para mi cristiana mamá. Una pareja de gemelas españolas de ojos uva que hablaban hasta por los codos, pero al mismo tiempo, y traían al aire las cuatro tetas cobrizas. Y un grupo de judías maduras, severas, de día fijo, con extrañas modulaciones del habla. Mamá reconocía en ellas una singularidad espantosa. Pero por la reverencia que le inspiraba el dinero, y abrumada por la necesidad que dicen los que saben que tiene cara de perro, mamá las remodelaba lo mejor que sabía. Sin intimar con ellas.

Debió ser una lección de vida para mamá el verse obligada a derivar el sustento para la desgracia de familia que conformábamos de una colonia de polacas sin salvación posible, pues negaban la divinidad de Jesucristo y la infalibilidad del Papa. Mamá empegotaba las paganas con sus mixturas. Las sepultaba en pomadas. Y les pintaba las uñas. Sin hacerles reproches. Reprimiendo el espíritu inquisitorial. Dios la haya perdonado si es verdad. Él sabe que mamá debía alimentar media docena de mocosos, un marido en pedazos y la rozagante sirvienta boyacense de días llamada Aurora, que comía como una estrella enana.

Un tiempo se rumoró en la familia que mientras mamá le agarraba la maña al oficio realizó un verdadero holocausto en esas mujeres orientales incapaces de pronunciar la erre y de aceptar la virginidad de María. Y que electrocutó una con un rizador asesino en corto circuito.

Mamá tuvo el alma plagada de fantasmas desde la infancia, de historias de diablos y resucitados. Era observante, no rezandera. Guardaba las vigilias. Hacía los mil jesuses de mayo. Y estaba convencida de un montón de barbaridades. La vecina del apartamento contiguo a veces cruzaba en cueros detrás de los tules impertinentes de las ventanas. Recibía visitas vespertinas de un bohemio, boina, lazo, chivera. Y mamá aseguraba que era protestante. Mamá creía que las protestantes no llevaban calzones en la casa. Y que les ponían los cuernos a los maridos con artistas.

Cuando enterró a mi padre mamá floreció. Como si dijera: Adoré a mi marido, pero ahora que está enterrado es mi momento de vivir. Se embellecía lo mejor que alcanzaba contra la edad que comenzaba a agobiarla, y contra la hinchazón de la cortisona que le ayudaba a disminuir los tormentos de la artritis. Cuando enfermó su médico la abandonó en la catástrofe de la peritonitis. Ella confiaba en Lederman como un enviado divino. Y le pareció otra muestra de la sabiduría profesional del joven judío.

En plena convalecencia de mamá, alguien puso a la vuelta del apartamento una bomba para matar a Pablo Escobar, un indeseable vecino. Entonces mamá sufrió el infarto que se la habría de llevar, como se dice. Para completarle el susto, cuando la llevaban a cirugía en el matadero de la clínica Soma en Medellín, la camilla se desbarató entrando en el ascensor de urgencias. Y adiós, mamá.

Entonces mamá sufrió el infarto que se la habría de llevar, como se dice. Para completarle el susto, cuando la llevaban a cirugía en el matadero de la clínica Soma en Medellín, la camilla se desbarató entrando en el ascensor de urgencias. Y adiós, mamá. En el entierro, alguien preguntó si queríamos música en su homenaje. Recuerdo. Yo pensé en Cherubini. Faure. Mozart. En cambio un grupo de mulatas vestidas de negro se puso a cantar unos pasillos antioqueños de madre, que me descompusieron. Mientras bajaban a mamá entre pasillos, violines y contraltos, hacia el agujero donde hoy vive, me conmovió la cara de niña inconforme que llevaba. Y reventé en llanto. Un llanto inesperado, bárbaro, incontenible, que me revolvía los entresijos. Entonces, supe cómo quise a mamá. No sabía que la quería tanto. No sabía que la quería de ese modo. Pobre de mí. Pobre mamá.

REVISTA SOHO, 2006
Primero parte

Criando un cerdo en casa

 

La orden de la dirección de esta revista de descabellados, que una vez me internó en una clínica de locos pobres para ver lo que pasa con los pobres cuando enloquecen y otra quiso mandarme a un campo de entrenamiento militar a comer pollitos crudos y a levantarme a las cuatro de la mañana, fue así de simple: compre un cerdo, engórdelo, y después lo sacrificamos y le hacemos una fiesta en su finca. Lo demás corre por cuenta suya en un puñado de crónicas.

Como también de cerdo vive el hombre tomé el reto. Si me hice el loco una semana, pensé, puedo convertirme un trimestre en porcicultor. Y decidí buscar una hembra para vengar las cochinadas que me hicieron mis mujeres. Y la llamé Aurelia. Tiene los ojos grises, dulces.

La compré en el establecimiento de un criador vecino, mi pariente lejano, descendiente como yo de Daniel el Hachero, un muchacho de Envigado a quien una noche le pudrió el corazón y picó con un hacha una familia como si fueran marranos. Jamás había visto tantos cerdos juntos y tan bien organizados. Hospedan a la marranas paridas en compartimientos con calefacción diseñados para que sus majestades distraídas no aplasten los críos (una marrana saludable pare entre diez y doce); los pequeños destetados en corrales de recreo sobre el nivel del suelo se divertían como enanos bajo una lámpara; los que preparaban para el sacrificio se aburrían en corrales asépticos entregados a su pienso luego existo, las madres próximas hozaban al aire cuan gordas eran. Había dos machos tristes que se ordeñan, dijo el encargado con un eufemismo de pudor de confesar que los masturba para inseminar las hembras calientes.

Con Aurelia fue amor a primera vista. Me gustó su candor. Y tenía el lomo pintado con coquetas pecas del tamaño de monedas de quinientos pesos. Pesaba 18 libras cuando la colgamos por una pata en la báscula. Daba alaridos como si la estuvieran matando. Le di un beso sádico. Y establecí con los cerdos a través de ella una relación nueva. Aurelia es simpática, tierna. Rozagante y áspera como un ángel. Pronto simpatizamos. Cuando voy al corral viene a la puerta brincando como un perro. No como un perro. Como ella: alegre, confiada.

Mis contactos con los cerdos datan de lejos. Como envigadeño de cepa pasé de la teta materna, teta de judía marrana, a la inmortal morcilla de Envigado, una ciudad que antes de hacerse famosa por las diabluras de sus pistoleros ostentó el título de capital de la morcilla. Apelativo apacible para nosotros, no para los puercos. Y fui engendrado y parido un tiempo cuando en las familias antioqueñas como la mía, pobres pero honradas se dice allá, el cerdo era un invitado cotidiano en la mesa. No por lujo licencioso, sino porque la carne de res era más cara y el pollo plato de días festivos, alimento de enfermos y reconstituyente en la cuarentena que duraban las dietas de las señoras.

Dieta se llamaba cuando en el posparto, puerperio, dicho en sol mayor, las mamás al cabo de los nueve meses que duraba, sigue durando, la gestación de los seres humanos como usted y yo, se tomaban la revancha de tiranizar a la familia cuarenta días arrebujadas en la cama, las ventanas entornadas, ahogando en leche al engendro, y servidas con los mimos de la parentela y halagadas con sucesivos caldos de gallina. Gallina. No pollo. Ni cerdo ni cerda.

Mi padre y sus hermanos mis tíos eran aficionados a los frutos de sartén. A las tortas de yuca y a las arepas de chócolo que son las de maíz tierno, para guarnecer las costillitas de cerdo agridulces que acrecentaban la fama de la parroquia. Y los chicharrones de innumerables patas, los chorizos suculentos, las negras morcillas: arroz, sangre, poleo. Combustibles de las noches de las rencillas del parqués y las cartas y el juego de lotería, únicas formas de retrasar la fuga a los sueños antes de la televisión.

Mientras las sartenes chirriaban en la cocina y un cerdo esparcía efluvios generosos por la casa, en el comedor saltaban inquietos los dados del parqués, susurraban las cartas de lino de los tutes, cantaban las figuras de la lotería como iban saliendo de la bolsa de terciopelo. Gritaba el pregonero. Quién tiene el cerdo. Yo tengo el cerdo, gruñía tío Arturo como un cerdo, contenía la emoción, guardaba el sentimiento de triunfo y ponía la ficha boca abajo con un golpe sordo sobre el tablero. Arturo siempre perdía. Como los cerdos.

Así eran mis parientes. Glotones y tahúres. En paz descansen. Y descansen de sus apetitos los pobres marranos.

Es justo declarar en honor de los puercos que todos estiraron la pata por causas distintas al colesterol y las cardiopatías que suelen atribuirse a los amigos de estos mamíferos, o de su carne, que no es lo mismo. La carne de cerdo cargó con fama de asesina pero ha sido reivindicada. Hoy se considera más saludable que la de vaca. El mundo moderno que mató a Dios y resolvió establecer el matrimonio entre señores llenó de dudas todas las cosas antaño sagradas, pero descubrió que la carne de cerdo es de alto valor nutritivo, que un cerdo de líneas genéticas adecuadas y cebado en condiciones pertinentes de higiene ofrece al consumidor una carne magra y suave, baja en grasa. El doctor Cortés, cirujano de Pereira, recomienda la carne de cerdo por su facilidad en la asimilidad, sic, y la absorción, y porque no ofrece riesgos de producir problemas en el aparato circulatorio como hipertensión o dislipidemias. Cien gramos de costilla cruda contienen 213 calorías, 18 gramos de proteínas, 15 de grasa, 1,4 de colesterol. Si es lomo, 24 gramos de proteína, apenas 106 calorías, 1,3 de grasa y 0,7 de colesterol.

Estuve por decir que viví cerca de los cerdos desde los primeros vislumbres de la conciencia, cuando me sorprendí una vespertina en este mundo debajo de una mesa, en pañales, entre ocho juegos de piernas adultas, mientras sus dueños disputaban una partida de damas en la tapa. Yo exprimía con las encías desdentadas aún la jugosa garra de un chicharrón que mi padre había agotado. Pero cerca es un decir. No es igual un cerdo de veras a un cerdo cantado en una lotería. A un fragmento de garra premasticada por nuestro cariñoso progenitor.

La relación del cerdo con su comensal es difusa. Un cerdo troceado y servido es un cerdo transformado por el misterio de la muerte y las artes culinarias. Dicho en el lenguaje de los estructuralistas del siglo anterior: un cerdo crudo no es un cerdo cocido. Aunque sean semejantes en méritos. Uno animado por sus espíritus vitales, feliz retozando en su propia mierda. El otro purificado por las técnicas del fuego y bendecido por la sal, adobado como un mártir para el mantenimiento de nuestros rígidos cascarones corporales antes de convertirse en mierda ajena.

El cerdo del dibujo del primer libro de lectura y el cerdo de la ficha de lotería o en el plato son nociones parciales de la cerdidad. Otra cosa es un cerdo, lo vi después, transportado en la jaula de un furgón rumbo al mercado, dando cabezadas como un cerdo borracho. El que espera turno en el matadero es más lastimoso. Suscita un montón de reflexiones encontradas sobre la maestría del Creador para inventar criaturas raras y sobre nuestra condición desalmada para borrarlas de la superficie terrestre en beneficio propio.

El cerdo navideño es una institución en mi patria chica. Mis tíos, los hermanos de mi padre, compraban entre todos, haciendo vaca, se dice, aunque suene contradictorio, un lechón de agosto. Mi padre lo cebaba en la finca. Y en diciembre un matarife de confianza cuyo salario incluía una botella de aguardiente lo ponía al pobre sobre una mesa, y adiós. Era terrible contemplarlo agitando los remos inútiles mientras lo reducían y le enterraban un cuchillo en el corazón. Chillaban como niños víctimas de abusos. Como musulmanes en una mazmorra norteamericana. Nada se compara con el desesperado clamor de los cerdos al entregar el alma. Todos los animales se resignan, dejan de luchar cuando todo está perdido. El cerdo protesta hasta la postrer boqueada.

Entonces uno comprende un poco a los vegetarianos. Y duda de la excelencia de la condición humana. Es cierto. Todos los animales matan, el colibrí al detal y el tigre en grande, si tienen hambre y ocasión. Pero los hombres somos los únicos que inventamos cadenas de muerte y formas de conservar nuestras víctimas para el consumo sin que se corrompan. En Estados Unidos se sacrifican cada semana dos millones de cerdos.

Es triste asistir a la muerte de un cerdo doméstico que terminó por incorporarse al clan familiar, con un nombre, Aurelia en este caso, como en un juicio arcaico donde se sacrifica un prójimo que consiguió su plenitud. El cerdo anónimo esperando turno en el matadero para formar parte de la estadística de la muerte masiva, del rigor asesino de la civilización, es lánguido, en cambio.

Todos nos hemos acordado un día del cerdo vivo mientras saboreamos el cocido, reprimiendo el remordimiento para no echar a perder el gusto. Todos le añadimos alguna vez una pizca de pimienta con una pizca de pena. Pero así es el mundo. Los vegetarianos no tienen por qué confundirnos con sus juicios. ¿Están seguros, pregunto, de que las lechugas no vierten sus propias lágrimas al arrancarlas del hogar del huerto, si es verdad que la conciencia es un fenómeno que compartimos en esta dimensión el grano de arena, la remolacha, el caimán, la estrella, incluso el ejecutivo de hoy hasta cierto punto? El crujir de la rama es el noble lamento del roble. Existe una sensibilidad de las plantas. Y una del agua mineral. Las piedras también lloran como los ricos. Y los cerdos. Para no salirnos del tema.

Esta mañana visité a Aurelia, ya lleva un mes conmigo. Gira la cabeza y me mira con un ojo gris con ganas de hacerme una pregunta. Da vueltas en el chiquero cuando me ve con una dicha injustificada en mi opinión. O para ganarse mi corazón implacable. Sus ancas adquieren con el régimen de aguacates, resolví incorporarle el aguacate anticipado, preciosas formas femeninas. Por alguna razón las curvas de sus ancas me evocan a Angie Cepeda. No a la Cicciolina aunque exhibe con inocencia la puerta de su pequeña vulva. A la Cepeda. Y me da vergüenza acariciar su cabeza. Su manera de recibir el mimo echando las orejas atrás como una amante que tuve me rompe el alma. Pero las mujeres me deben un montón de cosas. Aurelia es mi chancha expiatoria.

Aurelia ignora su origen. No importa. Dedicaré la segunda crónica a contarle cómo los antiguos saínos se acercaron a limpiar la basura de los patios de nuestros protoabuelos. Y cómo estos, para descrédito propio, en pago por sus servicios les concedieron el honor de una prisión de palos junto al hogar, para invitarlos a su hora a sus festines. Y por qué algunos pueblos conflictivos y monoteístas convirtieron el cerdo en tabú. Es decir, en un alimento cuyo consumo puede ser castigado por el mismo Dios del cielo. No se la pierdan.

REVISTA SOHO, 2006
Segunda parte

Criando un
cerdo en casa

Los cerdos, y también las cerdas por lo visto, se apresuran por alcanzar la plenitud como si anhelaran llegar al día cruento del sacrificio y la desmembración. Aurelia, desde la mañana azul cuando la compré siendo apenas una bebé de pelambre incipiente y pajiza, y la pesé en la báscula para tomarle las primeras fotografías de su vida, se ha convertido a estas alturas en una jovencita llena de bríos, de un metro largo de largo desde la punta de la trompa hasta la base de la cola y cincuenta y seis centímetros de estatura, y su peso ya pesa: cuesta llevarla en brazos como una pena aunque es mansa. Y le gustan, es evidente, juegos, y mimos. Ya no cabría en el costal en que la traje a la casa asomando el hociquito por un agujero como una monja de clausura.

La pelambre, antes apenas una cubierta blanquecina, menos repelente que ahora al tacto, ha madurado: ahora viste una cerda rala del color del alambre de cobre o el oro viejo. Sobre todo en el lomo que ama mi mano. Cómo me ama. Como todos los críos de los mamíferos al comienzo de su existencia era una cosita adormilada de ojos grises más tímida que comunicativa, y comía sin interés como si fuera un deber impuesto por la Naturaleza. Ahora que es una hembrita curiosa y dinámica devora su comida con el entusiasmo de un huno. Que come como un cerdo, suelen decir para describir el modo de alimentarse de algunas personas. El habla tiene la razón. Aurelia produce un sonido pastoso al comer, plástico, sería la palabra adecuada, que me recuerda a un amigo mío que fue soldado, y después trabajó, comillas, en el Senado, y luego se dedicó al carterismo y el uñeo. Aurelia chasquea como él.

Aurelia lo hace con despreocupación. No como mi amigo el ex soldado. No molesta como este cubriendo el plato con el pecho ambicioso, poniendo esos ojos de susto mientras tragaba, los mismos de cuando era el asesor del representante antioqueño experto en artimañas de aduana. Lo que en mi amigo parecía un irrespeto a la especie, en Aurelia es una expresión inocente de felicidad y gratitud, una forma de decirme que está contenta, y que le importa la comida que le regalo. Y me hace sentir bueno, y útil. No como mi amigo que me avergonzaba de mí mismo. No solo por la manera de yantar.

Los encantos de la Aurelia del principio se han acrecentado pues, demasiado pronto, a mi entender. La gracia de los ojos grises tiene una luz más definida, y el marco de las pestañas cenicientas les concede una apariencia de bondad y de resignación misteriosa que no se parece a tu tristeza. Los moralistas, los profesores de ética, y de etiqueta, que es la ética doméstica, pueden decir lo que les plazca: a pesar del desorden y del olor inconfundible de los chiqueros, los marranos, y las marranas como Aurelia, irradian un ambiente místico, que tampoco es mi candor, y que pone en entredicho nuestro pragmatismo, nuestras lindas razones que convirtieron este planeta en un desastre infinito, y nuestros aires de superioridad de reyes de la creación. Qué risa.

Me gusta quedarme contemplando a Aurelia por las mañanas. Y recuerdo a los marineros que fueron convertidos en cerdos por una bruja hiperbórea en un libro de Homero. Y la piara de Eumeo el porquerizo que recibió el primero a Odiseo en las cocheras de Itaca al regreso. Y la cerda con alas que nació en Clazómenas según cuenta Artemón en sus anales de la ciudad. Y las cerdas incendiarias que pusieron en fuga a los elefantes de los macedonios en Megara. Los elefantes temen a los cerdos como los leones huyen ante la presencia del gallo.

Y me acuerdo del cerdo del atracón que mató a Buda según la más impía de las leyendas sobre sus cuarenta y dos desencarnaciones. Y de John Potter Hamilton, un caballero inglés enviado del gobierno británico en los tiempos de la fundación de la república. Hamilton dejó consignado en su diario de viaje el incidente. En su ascenso hacia Bogotá por el río Magdalena vio unos cerdos de viaje empacados en un barco tan estrecho que la tercera parte murió por asfixia. Y acabaron despedazados y salados en una playa de Pueblo Viejo antes de que se los comieran las moscas que hacían sufrir de un modo atroz al diplomático.

Aurelia, cuando voy a la cochera a mis contemplaciones desvergonzadas de erudito, me recibe con un trío de saltos que ponen boca arriba los comederos y termina metiendo las cuatro patas en la palangana del agua. Allí, en su bebedero como en un pedestal improvisado, alza la cabeza fuerte y bien formada, dirige hacia mí las orejas traslúcidas como dos anturios, esperando que le comunique algún secreto que le falta para ser feliz, y luego viene a la puerta despacio, levantando sus hermosos ojos grises. Me pregunto qué clase de cosas seremos en el ojo del cerdo. En qué nos convertimos en el fondo de esa mirada limpia que nos escruta. Aurelia no espera alimentos tan solo como me dijo un cínico. Debe haber otra cosa en su actitud. Aunque quizás tanta inteligencia está conectada con el estómago de todos modos, según los principios de Pavlov, también es cierto que disfruta mis caricias con honradez. Cuando paso la palma de la mano derecha sobre el lomo con todo el cariño de que soy capaz, y toda la ternura que tengo, Aurelia es una masa serena, agradecida con mi gesto, con mis recuerdos míticos que ensanchan su pequeña historia individual, con mi compañía y afecto.

Claro. Cuando le echo un aguacate en el comedero, la espinosa sidra, o bellota, o papa de pobre, corre al escuchar el rebote, voltea la cola y me ignora como si jamás hubiera existido y no la hubiera llenado de atributos valido de mi memoria de rencoroso. Y se pone a despedazar la pepa con buen instinto. Reconoce al punto el punto débil de la materia propuesta y ataca. Hinca el diente. Le da vuelta. La desmenuza en un santiamén. Y chasquea. Pero podría ser una expresión de conocimiento, nada más, una manifestación de gentileza. La cortesía que encarece el aguinaldo. La cola de Aurelia es distinta de la espiral rígida de los cerdos de antes, esos negros y escuetos que corrían nuestros campos hace años, descendientes de los que regaron los conquistadores por las trochas inhumanas de Sudamérica. La cría doméstica ha sido reemplazada en Colombia por una porcicultura de cruces de razas, tecnificada. Large White de patas largas y huesos grandes con Gloucester Old Spot, poco recomendada para la cría por su tendencia a producir camadas pequeñas, Landrace de cerdas dóciles y maternales con especies antiguas de Inglaterra.

Aurelia es un producto magnífico de cruces genéticos con predominio del Pietrain, que poco a poco estabilizan un tipo de cerdo nuestro, con las ventajas del cerdo moderno y las cualidades de los del pasado. Y nuestros defectos nacionales. La cola de Aurelia es corta. ¿Tal vez la mutilaron en la cuna? Quién sabe. Las personas son capaces de cualquier cosa. Así hacen con algunos perros. A los cuales les cortan la cola para que no tumben los floreros de estos apartamentos exiguos. O para lucimiento de su amo. Como hizo Alcibíades con el suyo para descrestar a los atenienses en tiempos de Sócrates.

Los hombres hemos decidido que podemos mejorar el perro. Y enseñarle modales al caballo para que se ajuste a nuestra vanidad. Nos esforzamos por inventar a partir del toro original uno más fiero. Le enseñamos a maldecir a la lora. Y a los elefantes, a pararse en un tarro. Somos inteligentes. Pero cómicos.

Cuando vinieron los fotógrafos para la segunda tanda de fotografías tuvimos que sacar a Aurelia del chiquero donde la luz era pobrísima. Entonces sentí lástima. Y me compadecí de nuestra crueldad con todos los seres. Crecida en un corral de cemento estéril Aurelia no había conocido la hierba, el olor del suelo, el gusto del barro caliente. Y al descubrir una parte querida de su carácter, que ignoraba, se lanzó a practicar con fervor eso que hacen los cerdos con fervor. Hozar.

La forma de la cabeza del cerdo no fue diseñada para facilitarles el trabajo a los dibujantes de Walt Disney. Sino para cumplir una función: hozar. La pirámide trunca terminada en la jeta redonda, un callo con el borde superior afilado, se hunde en la tierra con alegría y cada golpe deja una linda marca en la superficie. Algunos agricultores utilizan los cerdos para arar. Son mejores que los peones. Y ahorran insumos. Porque a medida que avanzan en su trabajo depositan un estiércol cálido, muy parecido a los excrementos humanos, además.

Somos muy semejantes a los cerdos por otras razones. Por dentro, detrás del traje, donde acaba nuestra apariencia de sensatez, tenemos corazones, sistemas circulatorios, hígados y riñones parecidos. Lo cual nos condena al mismo tiempo a consumir en cada cerda como Aurelia a una querida prima hermana. Pero estas analogías conducen a remordimientos paralizantes. Los moralismos a la postre son tan solo formalidades para lavar la conciencia y sentirnos más decentes de lo que somos. Nuestras cosas son como son. El primer legislador que prohibió matar era él mismo un asesino fugado de la justicia. Y tenemos un buen código de derechos humanos. Y unas lindas leyes de guerra que son eso, apenas. Leyes de guerra y códigos de derechos humanos para enmarcar en las paredes de comandancias y juzgados.

Omnívoros llamamos a los cerdos. Otro prejuicio que me ayuda a superar mi convivencia con Aurelia. Aurelia es selectiva. Los concentrados industriales la aburren. Las sidras le gustan. Los aguacates la enloquecen. Pero es el maíz lo que más disfruta. Lo rompe con paciencia, y después… lo aprovecha. Es obvio que le aprovecha. Miren ese cuerpo torneado que ya pide a gritos el cuchillo. Esa plenitud procera de diva de una ópera de Wagner. Y escuchen ese sonido vigoroso que no se sabe si se queja o si canta como el fagot. Hay un instrumento folclórico del sur de Colombia llamado marrana. Se toca frotando un palo encerado que se apoya en una vejiga (de cerdo), y hace de caja de resonancia una totuma. Pero yo prefiero comparar su voz con la voz del fagot, ese instrumento en vías de extinción como muchas otras cosas buenas en este mundo. Ay, el mundo será mucho más pobre el día que dejen de sonar los fagotes.

Tan pobre como cuando terminemos de comernos a Aurelia. Porque lo seguro es que un día será sacrificada para que nosotros tengamos el gusto de hartarnos con la materia blanda de este ser simpático, vilipendiado, insondable y, sobre todo, útil. No existen animales más útiles que los cerdos aunque no pongan huevos como las gallinas ni trinen como los cucaracheros. Todo resulta utilizable en estos prójimos. La carne, ya se sabe, siempre es bien vista en las mesas de comer. La piel, en las de los talabarteros. Las válvulas cordiales y los entresijos, en las de los cirujanos. Los huesos y los dientes son usados para hacer baratijas de artesanía. La industria aprovecha la pancreatina y la oxitocina, y la sangre para fabricar los fijadores de los insecticidas. Los fabricantes de tambores, las vejigas para sus cajas que convocan a la guerra y la feria. Los cosmetólogos usan la glicerina. Los pintores aprovechan sus cerdas para hacer pinceles. Y hasta los escritores se valen de su majestad para ejercitar a su costa el difícil arte de la prosa, cuando llegan la inspiración, el aburrimiento del ocio, o la necesidad, que tiene cara de perro. Los sacerdotes de la Inquisición, nótese que la palabra oculta un cerdo, impregnaban con manteca los pies de los torturados con fuego para ayudarles en sus santas confesiones. Y encima, consideramos abyectos a los pobres marranos. ¿No les parece una enorme bellaquería, reducir así un animal tan complejo y rico en posibilidades? Oink. Oink. Como dice Aurelia.