EL TIEMPO, 2023

Una flor
para Kaczynsky

Los futurólogos no se ponen de acuerdo acerca de las tendencias que prevalecerán en el futuro. Algunos esperan un gran resquebrajamiento de todo y la caída en el oscurantismo y el desorden, como si no hubiera suficiente. Otros, un control de los individuos como no había visto la historia, con consecuencias desastrosas de empobrecimiento espiritual, un mundo de esclavos cebados, sin contradicciones antihigiénicas. Y existen los profetas lunáticos de la felicidad y la paz bajo un cielo plagado de ovnis, una especie de edén del electrodoméstico y el mantram. Yo solo sé que los futurólogos tienen dos cosas en común: que casi siempre se equivocan. Y que cuando aciertan se quedan siempre cortos.

Solo los vates y los iluminados logran intuir los brillos del futuro de algún modo y lo recomiendan con signos como una advertencia. Rimbaud, por ejemplo, y Nietzsche, cuya muerte inauguró ese siglo de lágrimas y glorias, hicieron un diagnóstico acertado de sus descendientes, es decir, nosotros, quiero decir, esto, al anunciar el tiempo de los asesinos, el de los grandes destructores, el de la muerte de Dios, esta tierra sin evangelio, de impiedades y gulas y horrores y vacíos.

Teodoro Kaczynsky, llamado Unabomber , cuyo juicio acaba de iniciarse en Sacramento (California), es más que un loco ante los mismos tribunales que juzgaron al poeta Ezra Pound por su denuncia de otra lepra de nuestro tiempo: la usura. Más que un terrorista excéntrico, uno de esos bandidos inteligentes, solitarios, escurridizos y pintorescos que a veces producen nuestras ciudades, sería también un profeta, un profeta cuya visión pesimista y peligrosa deberíamos tener en cuenta.

Es extraño cómo se parecen Pound y Kaczynsky. Aunque Pound era un cisne que cantaba la muerte de la poesía y Kaczynsky es un tecnócrata. Frío. Preciso. Dueño de un odio perfecto. Y es simbólico que ese matemático convertido en anacoreta esté siendo juzgado en la hermosa California. Y en Sacramento. Tal vez su juicio es un sacramento de algún modo. El sacrificio de un cordero negro en aras de un futuro negro. De un chivo expiatorio. Como fue Pound.

Muchos piensan, como su hermano, que está loco. Y es probable que para minimizarlo eso digan los jueces. Como dijeron de Pound, porque se había atrevido a afirmar que todo hombre tiene derecho a nacer libre de deudas y a negarse a participar en una guerra injusta y que el secreto de muchas miserias modernas está en los bancos. La defensa alega que padece depresiones profundas y esquizofrenia paranoica. El se defiende, a riesgo de ser condenado a muerte, diciendo que no tiene problemas mentales. Quién sabe. A veces hay una gran lucidez en los locos, de todos modos.

El horror de Kaczynsky es la tecnología, el amontonamiento, el hombre atrapado en el microcircuito. Con su gesto nos quiere decir que así como la bomba de hidrógeno fue el juguete técnico del pasado, la espada de Damocles del porvenir es la informática, la cosificación, la concentración abusiva del conocimiento en manos de una casta, de una iglesia impía de plutócratas. Quién puede decir que su pánico no es razonable en un orden unipolar?

No importa qué tan loco estuvo Pound, aterrado, explotando poemas en las revistas literarias de su tiempo contra la opacidad de la multitud de los repetidores de tópicos. O qué tan reprobable nos parezca la forma de expresión epistolar de Kaczynsky, a bombazos en cartas sorpresa. En los dos late un terror auténtico. Los dos expresan el terror ante el penúltimo peligro del hombre masa, atomizado, convertido en un útil ciego y sordo, que a veces tiene vacaciones, en un apéndice sin pensamiento de la organización. Artaud y Rimbaud, otros enfermos, tuvieron el mismo horror del sin sentido. Y hoy los veneramos como parte del patrimonio espiritual de la especie.

A pesar de sus títulos universitarios y de las cargas mortales que esparció por los Estados Unidos durante 17 años, Kaczynsky tiene un toque de santo medieval, de héroe en su renuncia inquietante. Y todos coinciden en afirmar su genio, no solo porque engañó a la policía más implacable del planeta durante 18 años: graduado en Harvard y Michigan, que suelen producir ciudadanos sensatos, acomodados a sueldo, enseñó matemáticas en Berkeley. Tal vez valga la pena contar con su locura.

No importa si exagera el control de una supuesta organización omnipotente sobre las almas, contra la cual solo queda desesperar.

Este filósofo nihilista que un día abandonó una brillante carrera, como se dice, igual que un santo antiguo, para hacerse ermitaño en una cabaña sin agua ni luz, isla de austeridad en medio de una sociedad embotada de comodidades, donde escribía un diario hermético y fabricaba sus totes hasta que fue sorprendido por la policía, con su resistencia nos advierte sobre los peligros ciertos de la tecnología y la industrialización desenfrenada, que priva, dice, a la gente de su dignidad. Y merece ser oído. Esté loco o cuerdo. Después, que lo ahorquen en las horcas de Calvino, si eso quieren. Pound dijo a sus jueces: los locos son ustedes. Hay que estar loco para vivir en los Estados Unidos.

Y en último caso, todos no somos la caricatura de algún sueño? Kaczynsky no será un producto norteamericano? Como si dijéramos, el extremista del individualismo en una sociedad manipulada? Mientras se descubre, yo le extiendo con temor y respeto la flor de cinco pétalos de mi mano.

EL TIEMPO, 2004

Escrito
a solas

La soledad es un viejo asunto literario, con un énfasis morboso en los peores líricos del romanticismo. Pero quienes hemos vivido solos largo tiempo sabemos que la soledad es irreductible, como la vivencia religiosa, insalvable por las palabras. Es una sensación nítida e imprecisa. A la vez. De caras y colores cambiantes en las personas y los tiempos. Tiene un sabor y una textura en cada hora, en cada edad, y según la humedad del aire. No es igual por la mañana que por la tarde.

Los tumultuosos, que solo consiguen entenderse en la relatividad de los tratos, los vociferantes estadios, el barullo de los partidos, coros, colegios y cocteles consideran mala compañía, o vocación de nulidad, esta condición que nos aproxima a los abismos de la conciencia. Pero la soledad cuenta con defensores apasionados. Entre los pensadores de la misantropía, como Schopenhauer. Y los místicos contemplativos. Uno la llamó soledad sonora.

Algunos la asumen como un impedimento o una carga.

Como la condena a un fuego frío. Como una maldición que los pudre. Otros la gozan como un regalo celeste. La soledad puede ser laboriosa, creadora y aguda. No tiene que conducir al tedio, la amargura o la inutilidad. Ni triste ni alegre. Ni ríe ni bosteza. Es una injusticia convertirla en camino de melancólicos, tímidos y payasos jubilados. Se necesita entereza para aguantarnos solos.

La soledad es mujer. Suena cursi. Pero es cierto. Mujer fatal. Y madre. Y esposa amorosa. Útero de revelaciones. Y maestra sutil. Su enseñanza es simple: todo lo que no soy yo es superfluo. Dice. Seres, pensamientos y cosas.

Pretenciosos como Nietzsche, para ponerles un ejemplo patético, atribuyen sus graciosas soledades a la propia superioridad. Se sienten águilas de alto vuelo, animales de las cumbres, sin iguales. A veces es la fortaleza de un carácter. A veces, una debilidad, nada más.

Rolando Laserie, en un bolero memorable, saluda. «Hola, soledad. No me extraña tu presencia.»

La soledad no es huera lejanía. Un enconcharse. Hay solitarios que parecen próximos. Y sin embargo están aislados en su gelatina, en medio de la multitud de sus negocios obligantes. Son los más desgraciados. Y abyectos. Todos recuerdan a Kafka.

Unos viven la soledad como una anormalidad. Como unas orejas demasiado opulentas. O la impertinencia de una joroba. Otros la aceptan como un beneficio. Los diccionarios de citas definen el matrimonio como soledad en compañía. Y repiten que nacemos y morimos solos. Los higienistas pretenden curarla con una mascota. En vano.

Hay solitarios luminosos. E indolentes y grises. Que derrochan el alimento mirando un techo. Cuerpos. Nadas. Piyamas. O embelesados en los fantasmas de fotones de la televisión. Para eso inventaron la televisión, supongo. Para arrancarnos nuestra soledad. Y prevenir sus riesgos. Porque, además, con desgraciada frecuencia, el solitario se asimila al maniático para la noción en boga de lo saludable.

Unos expresan su desdén por la vida y el desprecio por la horda humana en el ostracismo voluntario. Otros pretenden acercarse al corazón de la existencia en el retiro. Y otros afirman que la soledad es imposible, pues estamos inscritos en una vasta red de relaciones, lenguaje y memoria. Pero la soledad auténtica no discute. Ni se deja alcanzar por el ruido tropelero de los recuerdos y los remordimientos, ansias, proyectos o imaginaciones. Si acaso necesita reposo se refugia en los libros. Entonces se especializa en una fiesta con muertos, y ausencias cargadas de prestigios, y sombras de nombres que ya no llaman a nadie.

Sartre dijo que la literatura es una comunicación con los muertos. El que lee se asomaría como Odiseo a la charla de los difuntos. Simone de Beauvoir, en Ceremonia del adiós, elegía de un sapo dialéctico, testigo tuerto de una era turbulenta, recuerda cómo pidió permiso en la morgue para abrazar su cadáver, tibio todavía. Gesto inútil de afecto por uno que dijo que el infierno son los demás. Habían intentado, juntos, el milagro estrafalario de reconciliar la soledad con el amor.

EL TIEMPO, 2003

El gusto
por el
prójimo

Armin Meiwes, ingeniero alemán acusado de ingurgitarse a un compatriota a quien contactó vía Internet, protagoniza el último episodio de canibalismo moderno. Uno más en el historial de un uso antiguo del Otro que sobrevive a pesar de los derechos del hombre y del ciudadano, de Spinoza, Kant, Jesucristo y usted, eso espero, y de mí mismo, junto al dictador y poeta dadaísta africano Idi Amín Dadá que se comía a sus ministros y encomiaba en público con desvergüenza bárbara y honestidad a toda prueba el gusto de la carne humana sobre el de la vaca; junto a la ávida señora, también africana, que devoró a sus seis hijitos; al enfermo yanqui que gustaba de los jóvenes negros hervidos; al japonesito que convirtió en lonjas a su novia holandesa en un rapto de amor, y al filólogo ruso que devoraba a sus prójimos cantando la Internacional a voz en pecho.

Pero el caso Meiwes es singular por muchas razones.

Prueba que en el espíritu tecnocrático, y en una de las naciones más civilizadas de la Tierra, perviven intactos arcaicos impulsos que nos esforzamos en vano por superar; que milagros como Internet no consiguen desterrar del corazón el animal del que somos sobrinos viscerales, amante de las médulas crudas, y suaves, imagino, y de las grises y grasas circunvoluciones cerebrales de su vecindario; y, sobre todo, ofrece un elemento desconocido en los episodios reportados del canibalismo de hoy: en efecto, la víctima pasó por voluntad propia a manteles, en un admirable ejemplo de abnegación insólito en este mundo de egoístas. Este, ingeniero también, redactó un testamento exonerando de toda culpa a su amable, deseado predador.

El estilo de vida de Meiwes tiene un sello fantástico, aunque exprese la soledad paradójica del hombre actual más en países como Alemania donde los refinamientos de la cultura amenazan el alma con la esterilidad, la vana cortesía del ostracismo voluntario y la incomunicación radical. Meiwes fue educado por una madre exigente en la disciplina, el orden, la limpieza. Esta, al morir, le dejó por herencia una gigantesca casona, un laberinto para cualquiera, así de solo, una resonancia pavorosa de vacíos condenados. Que acabaron por plagarse de fantasmas desapacibles y pulsiones remotas. Pero los fantasmas de Meiwes venían de antes. Ya en la infancia, confesó, tuvo fantasías de probar a sus compañeritos del colegio, el hipersensible glotón.

Lo que vuelve más estrambótico el asunto Meiwes, aparte de la personalidad y el rostro con un rasgo antiguo de hielo, es el carácter de rito que Meiwes y su compañero, ofrecido en hostia, en oblación propicia, imprimieron a la ceremonia brutal. Después del encuentro concertado en una estación de trenes, de sendas botellas de licor y de un puñado de somníferos para adormecer los últimos escrúpulos, compartieron el pene flambeado del comensal pasivo, para llamarlo de algún modo, en una cena fraternal que grabaron en un video de recuerdo. Y este fue degollado a continuación mientras decía con modestia y ternura: -Espero que me encuentres sabroso.

Lo más inquietante en la anécdota, sin embargo, como ustedes comprenderán, es que las autoridades, a partir de sus propias investigaciones, y de las declaraciones del mismo Meiwes, han puesto al mundo sobre aviso de una vasta organización de caníbales comunicados por Internet, con vistas a encuentros de satisfacción mutua en el mejor de los casos. La policía sospecha que por lo menos 53 desapariciones, en Alemania tan solo, podrían atribuirse a las nuevas tribus de antropófagos que vagan por el siglo XXI.

Esto debe ser el comienzo del banquete grotesco del Apocalipsis prometido. Una inesperada regresión a estadios sombríos de la noche de los tiempos del surgimiento de la conciencia en el mono despistado de donde venimos, que de ciclo en ciclo necesita volver porque se resiste a ser olvidado por completo. Por lo pronto, alegrémonos los flacos y démonos por bien servidos. En todo caso, estamos más seguros que los gordos. A salvo de los tragones de costumbres extremas que corren detrás de sus semejantes con un ansioso tenedor en ristre.

EL TIEMPO, 2007

Confesión
de boca

Soy un humilde fumador. Crecí entre nubes de humo. Desciendo de una familia de chupadores empedernidos. Mis bisabuelos fumaron. Y mis abuelas. La sirvienta negra que me crió y mi madrina de bautismo fumaban y dejaban estelas de humo como trenes y ríos de ceniza como anarquistas. Murieron horriblemente viejas. Podridas de tiempo. Y de cáncer. Y mi padre fumó. Y de lo mismo murió. Y su hermano el cura, tenido por santo, que se aplicaba cilicios y carecía de pecados ostensibles, se reservó el gusto pagano de fumar como un bendito. Murió en su ley, de infarto fulminante, con un cigarrillo y una oración en los labios.

Mi infancia pasó en un incendio controlado. La imagen que conservo de mi bisabuela paterna, doña Rafaela Isaza, es un montón de arrugas temblonas envolviendo junto al tic tac de un reloj de mesa hojas de tabaco en calillas, que pone con cariño en una canasta de mimbre. Perfuma un olor sabio, vegetal, denso.

Desde niño se me permitió fumar.

En diciembre al principio para quemar las papeletas de nochebuena y los chorrillos de fantasía. Más tarde, durante la adolescencia atroz, mi madre compartió sus Pielrojas conmigo, aunque decía que solo era lícito un vicio que uno podía sostener. Y durante la juventud de calavera irredimible fumé. Y sigo haciéndolo con una impiedad conmigo mismo que me preocupa.

Una vez apagué, por delicadeza. Me hospedaba en la casa del pintor Norman Mejía, en Barranquilla. Y le molestan los fumadores, el rescoldo que dejan y el peligro de incendio que sobreentienden. Otra vez renuncié al tabaco por amor. Una mujer detestaba mi vició de antropófago precolombino. Pero volví a caer cuando se fue. Y me dejó viendo un chispero.

Soy un miserable fumador. Lo confieso envuelto en una nube flagrante. Soy un adicto. Antes, cada enero, hacía la promesa de dejar el hábito. Pero me resigné a vivir al amparo de su influencia letal. Y a la falta de caridad cristiana de mis contemporáneos que estigmatizan a los pobres fumadores, perseguidos, convertidos en objetos del terrorismo de los higienistas, médicos, paramédicos y alcaldes y demás enemigos del horrible piciete, como llamaron los aborígenes americanos esta hierba maldita.

Odio mi vicio. Me humilla el anclaje en el reflejo, la servidumbre, la mugre que dejo donde voy. Pero junto a las de los fumadores prosperan otras formas de polución rodeadas incluso de prestigio: el griterío de los estadios con sus barras asesinas, la televisión del subdesarrollo, las axilosis de los deportistas adictos a sus endorfinas, la música comercial, la publicidad. Otros desechos de la civilización.

Es obligatorio preguntarse si vale la pena no fumar en medio de los rebaños de busetas y tractomulas y bajo las lluvias ácidas de las chimeneas de las fábricas de inutilidades que infestan ciudades y suburbios. Exhalaciones del espíritu humano tan malignas como el tabaco, que contribuyen a aumentar el fastidio del siglo: las locuras de la razón, las artimañas del odio, los arrestos de la codicia, la gula del poder, sus mentiras poderosas. Más letales que una voluta escurriendo de una inocente fosa nasal.

Otros enfermos cuentan con la comprensión social: los portadores del sida, los alcohólicos, los que roncan, los hablapajas. Mientras los fumadores somos tenidos como apestados de una enfermedad intolerable. Es injusto. A mí, fumador impertinente, no me molestan las personas que no fuman, siempre que no se perfumen en exceso.

Soy consciente de alimentar con la compulsión la máquina mortal de las empresas tabacaleras que sobredosifican la nicotina para mantenernos cebados, y espolvorean el tabaco con insecticidas, pólvora y porquerías innombrables. De engordar una tribu de carniceros ricos, conservadores e hipócritas del primer mundo. Racistas. Armeros inescrupulosos. Que nutren imperios con enfermedades y sufrimientos ajenos. Pero en últimas, el problema de fumar o no, es de la familia de otros dilemas vetustos, sin resolver, como ser o no ser. Los fumadores tenemos derecho a elegir la muerte que maduramos como un fruto. Mientras otros se suicidan en hamburgueserías y gimnasios o jugando a los héroes en los sucios campos de batalla.